Sería estupendo que al ir a pasar la ITV o a renovar la cartilla del banco nos pusieran sobre la mesa alguno de los exámenes de PAU, para elegir. Que nos obligasen a superar una de las pruebas a las que esta semana ha tenido que enfrentarse el alumnaje —como llamaba un profesor a los estudiantes— para darnos una hipoteca u obtener la licencia de caza: España se habría quedado sin propietarios y los cotos estarían a rebosar de jabalíes y liebres.
Elegiría el de Lengua castellana y Literatura, o quizás el de Literatura universal. Este año ha caído, en el primero, un texto de Belén Altuna titulado La lengua unisex, acompañado de preguntas. De este llama la atención, primero, lo específico de las cuestiones, que invitan al estudio intensivo la noche anterior más que a zambullirse en la pasión de la lectura y a empaparse de la lengua hasta el tuétano: se pide un desarrollo en unas pocas líneas sobre temas tan refrescantes como la diglosia o el patrimonio lingüístico de España y su reconocimiento constitucional.
Las pruebas de lectura son La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, y El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro. Y para asegurarse de que los sufridos alumnos han aprehendido la lectura en toda su inmensidad —y que no volverán a tocar un libro ni con un palo, se entiende—, se pregunta: «¿En qué época del año transcurre la acción que se escenifica en La casa de Bernarda Alba?» y «Señale por qué no siempre se cumplen las condiciones para un mercado perfecto y qué consecuencias se derivan de ello para el consumidor». ¡Olé!
Con todo, lo más sangrante es que en el texto —amén de que no se emplean las comillas bajas («») que son obligatorias en español— hay un error, uno de esos que penalizan y mucho en la corrección de las pruebas: «Que haya cada vez más gente consciente de los usos y abusos sexistas, también en el lenguaje, que esté alerta ante ellos y que los evite o los denuncie, es una buena noticia.» Esa, última, coma, separa, sujeto, y, predicado. Aparte de ser una construcción extrañísima, es incorrecta. Y por si quedaban dudas, ¡es precisamente la elegida para que los alumnos reformulen su contenido! Pobres: ¿Cómo se reformula lo incomprensible?
El panorama no mejora en los dos exámenes de Literatura Universal —léase anglosajona: William Shakespeare y Henry James son los protagonistas de este año—. Los dos textos son obviamente traducciones, aunque no se indique en ninguna parte quiénes han sido los responsables de bailar un chotis sobre la tumba de ambos autores. Porque los dos tienen delito: el primero, el de Romeo y Julieta, porque a quienquiera que lo copiase le da tiempo, en solo catorce líneas (¡catorce!), a meter una exclamación que se abre y que nunca se cierra, cuando medio folio más abajo se está exigiendo al estudiante pulcritud, precisión y corrección so pena de perder unas décimas de punto que pueden marcar toda su vida académica y profesional futura. En el de James está todo aparentemente en orden, aunque, quizás por equilibrarse con el texto de Altuna, parece haberse espolvoreado por la página otro generoso saco de comas. Entienda y resuma (si puede): «Mi vela, con un chisporroteo, se apagó y, por la ventana, vi que la luz del amanecer la hacía innecesaria».
«2 puntos: Exponga brevemente cómo reacciona usted cuando la obra lo sitúa ante acontecimientos de esa naturaleza.» Pues me abrazo a un libro y lloro amargamente. ¡Pobres estudiantes!
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 7 de junio de 2015.]