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Alejandro Carantoña

En funciones

Cultura flotante

Fue con nocturnidad y sin apenas importancia, porque a todos les supo a poco: «Limita», «Tan solo», aparecían en todas las informaciones en torno al cese de José Ignacio Wert como Ministro de Educación, Cultura y Deporte y su relevo, Íñigo Méndez de Vigo. Nuevo ministro de Educación, chimpún, y hasta las elecciones generales de este otoño o invierno. Entonces, veremos.

De este modo, José María Lassalle sigue siendo el ministro de Cultura de facto, como secretario de Estado del ramo: el Gobierno, en la escuetísima nota que informaba del relevo de Wert, tan solo aludía a su labor relativa a la LOMCE. Ni a la gestión cultural, ni al IVA, ni a nada que se le pareciera. El perfil de Méndez de Vigo, que lleva dedicándose a Asuntos Europeos desde los años 80, tampoco tiene mucho que ver con la cosa artística. Así que Cultura, a día de hoy, sigue sin contar con un ministerio propio. Solo el de Hacienda, quizás.
Es difícil atisbar por qué, y cuándo, se decidió que Educación y Cultura (¡y Deporte!) eran áreas que debían ir en el mismo saco: sería como meter Sanidad y Fomento en una sola cartera aduciendo que, al final, va todo de infraestructuras grandes y presupuestos enormes.

Así, las pocas esperanzas que podíamos albergar de que el criminal IVA del 21% a la Cultura se viese reducido prácticamente se han esfumado, salvo maniobra electoral en otoño. Y lo peor no es eso: lo peor es que, por muy competente que pueda ser el secretario de Estado de turno su capacidad de maniobra (política) es mínima.
Como consecuencia, resulta que la segunda cantera de talento más notable de España —quizás por detrás de la investigación— queda en este tipo de legislaturas, henchidas de macroeconomía y asuntos de los que se dicen importantes, relegada no a un segundo plano, sino al ostracismo más insultante. Está totalmente desprotegida y abandonada a su suerte

Por si todo este daño no fuese abundante y difícilmente reparable, a la hora de poner en pie marcas españa y operaciones cosméticas (¿cosméticas se puede decir?) para fomentar el turismo, la Cultura sigue siendo uno de los grandes bastiones, un polo de atracción innegable que va de Cervantes a la tortilla de patata y del Guggenheim al Teatro de la Zarzuela.

Como única contraprestación institucional para mantener vivo el sector existe una colección de premios y galardones de alto nivel —algunos sin dotación económica, como el Premio Nacional a la Mejor labor editorial—, que desgraciadamente poseen un impacto limitado y que ponen el foco en un sector muy concreto, muy reducido de todo el ecosistema que necesita del apoyo, atención y cariño del Ejecutivo.

Buena parte de la culpa la tienen consumidores y profesionales, que con su tesón por no dejar a la Cultura caer han (hemos) acabado por dar carta de la naturaleza al discurso subterráneo y condescendiente del Gobierno: que, al final, la Cultura siempre sale adelante. Que en tiempos de estrecheces, ahí se puede meter tijera y ocuparse de otros asuntos porque la Cultura, en efecto, es una especie de islote lujoso y autosuficiente que no necesita del Ejecutivo para nada: que flota pase lo que pase y, llegado el caso, se mueve de manera independiente. Como si ahí, al fondo, estorbase poco y produjese bastante. Como si no tuviéramos que plantearnos, en un momento concreto, que no saliese. Entonces, ¿qué ocurriría?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 21 de junio de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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