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Alejandro Carantoña

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La mordaza

Rodrigo García es uno de los más importantes directores teatrales del momento, en parte, quizás, por haber padecido algo tan común como la polémica más acerada. Y, recientemente, la censura por la peor de las vías: la administrativa.

García ocupó la atención mediática, primero, en abril de este año. Entonces estrenaba en París un espectáculo en el que un actor, debidamente adiestrado por un chef de Lastres, mataba, abría, cocinaba y degustaba un bugre en escena. Las asociaciones animalistas pusieron el grito en el cielo y García, también: «Que quede claro desde la primera línea», escribía en su página web, en letras enormes: «Sois completamente imbéciles».

El asunto quedó zanjado y la polémica, servida, mientras que el espectáculo seguía adelante: muchos espectadores no se sentían cómodos con la escena (que era precisamente lo que buscaba García, hablar de matar para comer). Esta misma semana, también, uno de los teatros de ópera londinenses (la Royal Opera House) ha vivido otro episodio de incómoda polémica, una versión actualizada del monumental follón organizado por David Alden y su Mazeppa de Chaikovski en la English National Opera en 1984 (La matanza de Mazeppa, la llamaban), del de Calixto Bieito y su sonadísima escena del descampado en Un ballo in maschera en el Liceu de Barcelona, en 2000, o de Hans Neuenfels y su Idomeneo de Mozart en la Deutsche Oper de Berlin en 2006, autocensurada temporalmente por miedo al fanatismo islámico —en la escena final aparecían las cabezas de todos los dioses, incluido Mahoma—. Ahora le ha tocado el turno a Damiano Michieletto, un jovencísimo director de escena italiano que lleva ya una buena temporada buscando su gran follón. Lo ha ido a encontrar, como digo, en la Royal Opera House con Guillermo Tell, de Rossini, donde ha insertado una escena sexualmente violenta en el tercer acto para subrayar las brutalidades de la guerra descritas en la ópera (y de la cual el público había sido previamente informado).

En estos cinco casos hubo polémica, se pidieron cabezas y, en último término, el espectáculo siguió adelante: en París, Londres, Barcelona y Berlín los responsables de los teatros salieron al paso de las críticas, algunos de ellos asumiendo el coste de dejar sus cargos por huir de la más temida de las censuras: la autocensura.

El mes pasado, García estrenaba un nuevo montaje, pero esta vez en el Madrid gobernado por los muñidores de la oficialmente llamada Ley de Seguridad Ciudadana. En esta ocasión, cuatro hámsters eran remojados en un acuario «durante diez segundos» y unas ranas chapoteaban en fango, con el fin, entre otras cosas, de «mostrar las relaciones de poder entre el hombre y la naturaleza». Una vez más, los animalistas protestaron. Pero esta vez todo acabó más deprisa, con una fulminante llamada del Área de Protección Animal de la Comunidad de Madrid al Centro Dramático Nacional, productor del espectáculo y, en teoría, blindado contra presiones externas: iban a sancionarles con entre 600 y 100.000 euros a menos que las dos escenas desaparecieran del montaje. No que se replanteasen: que desapareciesen. García las cortó.

Sirva este rodeo, puesto en otro contexto distinto del callejero, protestón y revolucionario, para que nos paremos a pensar en lo incómodo y lo irresponsable y lo innecesario y lo diferente y lo que nos estorba. En que a veces, incluso aquellas en las que hay que intervenir, no se puede hacer con trazo grueso, hechuras moralistas y holguras excesivas: al final todo eso, tan incómodo, solo puede hacernos mejores.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 5 de julio de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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