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Alejandro Carantoña

En funciones

Cines son centros

Ha hecho falta que ocurriera lo inevitable y se confirmase lo sospechado para que, como de costumbre, nos diéramos cuenta de lo que estaba en juego. Solo con el cierre definitivo de los Cines Centro de Gijón, que se producirá esta tarde, el desconcertado director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Nacho Carballo, y el común de los espectadores empiezan a vislumbrar la capital importancia que tenían aquellas salas recoletas, envejecidas y estrechas en la vida cultural de la ciudad y de la región. Eran el embudo: cada una de sus salas recibía el nombre de otros tantos cines gijoneses desaparecidos. El Festival, dice Carballo, está a punto de atomizarse, de «acercarse a los barrios», por llamarlo con finura, y ya avanzaba esta semana que «se acabó lo de ir andando a todo»: en Gijón, así, ya no quedan más cines que los de La Calzada.

La desaparición de los Cines Centro supone, asimismo, el cerrojazo al último de los cines que quedaba en un centro urbano en Asturias: ahora solo es posible ir a fríos y tecnologizados y carísimos establecimientos a las afueras, como si viviésemos en Los Angeles, antes que en ciudades donde hasta antesdeayer había cines de barrio, cines con encanto y a los que, cuentan los sabios, apetecía ir por algo más que por la película de turno —que es lo único que hubiera podido vencer a Internet: una experiencia, un lugar, un punto de encuentro—.

De aquellos polvos, de los polvos de la modernización postindustrial del centro de Gijón en los años 90, estos lodos: Así, allí donde la muchachada echaba la tarde en billares y bolos y maquinitas antes o después de una película, ahora hay provectos ciudadanos en un centro de mayores dependiente de la Consejería de Bienestar Social. A pocos metros, donde antes hubo un cine (el Arango), luego una fábrica de sueños que dispensaba belleza al peso, ahora solo hay rastros de carteles desvaídos y una puerta cerrada a cal y canto. Y más allá aún, se ve el colosal complejo Hernán Cortés —con su cine—, reconvertido en un Casino de altos vueltos que ha acabado siendo, por fin, una sala recreativa a medio gas y con escaso interés allende nuestra región. Y para acabar, entrando en la calle Corrida, la última re-víctima: el cine Robledo, transformado en un restaurante de comida rápida que también ha levantado el vuelo (dejando tras de sí una tienda de ropa, al parecer) para aterrizar encima del emblemático Oasis, en la playa. Tiendas, centros de mayores, restaurantes y cascarones vacíos. Y así, en toda Asturias.

La solución que ahora ha puesto encima de la mesa Carballo, igual que se hiciera en su día con el Teatro Arango, ha sido que el Ayuntamiento intervenga para garantizar que, al menos, el Festival de Cine sigue teniendo su casa. Pero con esto no basta, ni siquiera con una fórmula cuasi mixta: así fue cuando se dejó el café Dindurra en manos privadas pero con ciertas condiciones que asegurasen que no se iba a desnaturalizar del todo (y se desnaturalizó).

Así, de todos los linajudos locales de ocio de otro tiempo que algún día fueron el pulmón de Gijón, y que le daban al centro una razón de ser, un motivo para ir a visitarlos, parece que solo conservan su esencia —con todo lo que ello implica— el Teatro Jovellanos, la discoteca Dragón y, quizás, ese túnel hacia una dimensión paralela que son las galerías de la calle Asturias. Cada uno en su medida, son templos funcionales heredados de otro tiempo, supervivientes a las inclemencias del cacareado progreso. Y todo gracias a una sola cosa: personalidad, centro, encanto. ¿Lo habremos perdido para siempre?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 12 de julio de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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