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Alejandro Carantoña

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Aquí abajo (cantando)

Lo único que trae una nube en Sevilla, hoy, es una vaharada de turistas y un viento de esos que remueven cuarenta sudorosos grados alrededor, que funden la suela de los playeros contra el adoquinado y que convierten en un insulto aquella llamada desde Asturias que dice: «Hace mucho calor aquí».

En Sevilla, hoy, hay un enorme cartel azul, en la autovía de entrada, que indica que de aquí a Gijón se llega por la siguiente salida. Previo paso por Mérida, claro, novecientos y muchos kilómetros mediante, claro: pero a Gijón se llega por allí, como si estuviera a la vuelta de la esquina.

Primero, esa natural cercanía resulta chocante. Luego, resulta perfectamente lógico que aquí, igual de lejos de Madrid que en nuestro querido Norte, Varoufakis y lo que queda de sanfermines no sean sino anécdotas lejanas, exóticas, y que la portada del diario local sea para un horrible suceso en las fiestas o ferias de turno —llámense como se llamen— y, la polémica, para los primeros días en el Ayuntamiento de las nuevas corporaciones.

Es curioso que el mismo recelo que llueve hacia los flamantes hospitales universitarios de por allí arriba se deslice hasta alguno de los de por aquí abajo, aquí donde las carrilleras son carrilladas, los cañones de cerveza son sevillanas y los bocatas de lomo son serranitos. O sea, aquí donde se toman las terrazas al salir de trabajar, como allá, con una ligera diferencia de entre 25 y 30 grados de temperatura y una perpetua guitarra flamenca (frente a una gaita perenne).

Aquí abajo —se sorprenden unos guiris de Santander (!)—nos entienden al hablar y comprendemos la carta de principio a fin; es más, nos hacemos al ritmo sevillano tan deprisa que surge una extraña complicidad nacional con los locales, una que supera en un suspiro a los vanos intentos de los franceses o los alemanes por entender qué demonios es una pringá casera. Nos miramos con un guiño: compango comemos todos, España era esto, y el director del Festival de Cine ye de Gijón.

Esta semana, allí arriba, ha estado Teresa Berganza inaugurando los cursos de verano de la Fundación Princesa de Asturias y reivindicando, entre otras cosas, que puestos a hacer concursos de televisión para cantantes (y no tanto), se haga una distinción entre los de pop y los de «clásica», decía, cantantes «interesantes» estos. La gran injusticia, el eterno esterotipo, se vería así perpetuado: que los de clásica, los que como ella han revolucionado el mundo con cierta perfección y un esfuerzo ímprobo, acaban siendo «los de arriba», mientras que quien canta como Dylan o susurra como Cohen termina por ser «el de abajo». Lo cual no siempre deja de ser verdad, si bien es cierto que asumirlo como tal, gruesamente, sería algo así como dejar a los asturianos en el lugar de los refinados guardianes de las esencias culturales —y encima, con una temperatura estable—; frente a ese estereotipo del sevillano vago, planchado por un clima obsceno, que se come más eses que aliños al cabo del día.

Luego resulta que nos entendemos casi a la primera, que un guiño y un codazo nos bastan para sentirnos primos hermanos. Luego resulta que quizás nos llamemos norteños o zureñoh, clásicos o modernos, pero sobre todo resulta que por A o por B podemos comer arroz con bugre del Cantábrico y cenar cincojotas con aceite y tomate —y desayunar cazón en adobo, y merendar ventresca a la parrilla—. Y que estamos, después de tanta frontera, en el mismo equipo: nos llamemos como nos llamemos; cantemos lo que cantemos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 19 de julio de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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