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Alejandro Carantoña

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El incendio

Es una de las cosas a las que más derecho queremos tener, en estos tiempos digitales. Y quizás esto se deba a que se trata de la que más nos asusta. Es el incendio en general, pero no un incendio cualquiera, no son solo esas llamas que se están comiendo el suroccidente de Asturias o que se llevaron por delante a ocho personas hace unas semanas en Zaragoza. Es el incendio de la memoria, es el olvido, el abandono, el pánico a no ser recordados —o a que nos recuerden como menos queremos—.

Este tipo de miedo es el que activa, casi siempre, los resortes más emocionales. Así, sin necesidad de remontarnos al espinoso asunto de la memoria histórica, esta misma semana hemos vivido un nuevo episodio de agitación, de puro miedo al olvido, con el cierre del Café Comercial de Madrid: los unos, por pena a que dejase de existir; los otros, por celebración de que al fin cayese una empresa desagradable, poco atenta y que vivía de las rentas culturales de otro tiempo. Y todos tienen razón, al menos, en constatar que el olvido se va llevando un cierto Madrid malasañero: el del pijo Comercial, desde luego, pero también el de El Chamizo, otro cierre de esta semana; o el del Estar café, cuyo anuncio de traspaso trascendió apenas unos días antes de que Javier Krahe, que solía ir allí a jugar al ajedrez, muriese. Y sin que nadie temiese, al menos, que fuese a ser olvidado: es un alivio.

Muchas de las cosas que hacemos, tanto como individuos como ciudanos como colectivo, tienen algo de poso en el recuerdo: las ceremonias, los hitos y las celebraciones están llamadas a escribir con letras más o menos grandes líneas que no se deben olvidar, o que no queremos que se olviden. Veamos: los acontecimientos políticos de este pasado curso son «históricos», el calor o el frío también lo son —siempre—, e incluso la llegada de Riccardo Muti, estos dos pasados días, al Teatro Campoamor de Oviedo ha adquirido tintes de «histórica». A buen seguro, de «inolvidable»: por ahí no hay miedo.

Pero cabe sospechar que todos estos acontecimientos —desde el Comercial a Muti; desde los nuevos partidos a los termómetros explosivos— se ganan su inolvidabilidad por ser centrales, centrales en un contexto y un espacio muy concretos. Así, igual que los asturianos acostumbramos a formar parte del selecto club de grandes olvidados de España, madridcentrista donde las haya, incurrimos ahora en el mismo error al mirar más a la costa, y al centro, que a esos montes verdes, pulmonares y nucleares del Suroccidente que se están convirtiendo en carbón (no subvencionado) pasto de las llamas, de las llamas del incendio, y sobre todo, del incendio del olvido colectivo.

Como en esa esquina oronda del Principado no vive mucha gente y el humo no cubre nuestras ciudades, parece que asistimos con una desolación lejana a los incendios, sin mucha más afectación, cuando en dimensiones no difieren mucho al de Òdena, en Cataluña, o al de Ourense, que sí se han ganado su cuota de Historia.
Para rematar la catástrofe, tenemos a los brigadistas encargados de apagar esos incendios en pie de guerra, y todo porque consideran un abuso el trato por parte de la empresa contratante —adjudicataria del Estado— y quieren atención. ¿Por qué quieren la atención? Efectivamente: porque se consideran olvidados.

Esto del recuerdo nos resulta muy incómodo, y aparte de despertarnos ese lado emocional, también saca lo peor, el egoísmo, el deseo por ser recordados (yo, nosotros, todos) por encima de lo demás. Pero hay cosas, como esos montes apartados, que son importantes, aunque no nos parezcan ni históricas ni inolvidables.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 2 de agosto de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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