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Alejandro Carantoña

En funciones

Humor o naufragio

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Mucho se ha escrito —y demasiado se ha dibujado— sobre la fotografía del niño sirio muerto, ese que ya tiene un nombre y un apellido que se repite con demasiada familiaridad. Agotados del niño, a por lo siguiente: el refugiado de la zancadilla y la reportera húngara más famosa de la Historia.

En este juego tan banal, en este paseo de anécdota en anécdota sin entrar en el debate de fondo, no se sabe muy bien qué hace que el respetable se aburra de un tema y pida otro con voracidad. Quizás los temas se agoten cuando la cosa se empieza a complicar, esto es, cuando los periodistas rigurosos empiezan a rascar el trasfondo y toca entrar en matices. Ese es el momento elegido para cambiar de tercio.

Es lo que ocurrió con el niño: que todo estaba tan dicho que solo quedaba desmontar la foto, la foto en sí, o empezar a desbarrar. Esto último es lo que ocurrió en Francia, donde Riss firmó dos bromas utilizándolo como leitmotiv: la primera, muy gráfica, muestra al niño con un cartel de McDondald’s que reza: «Dos menús infantiles por el precio de uno»; la segunda dice: «La prueba de que Europa es cristiana: Los cristianos caminan sobre las aguas; los niños musulmanes, se hunden».

Es muy difícil leer este humor a este lado de los Pirineos, pero en Francia, aparentemente al menos, se estila mucho: Un famosete de medio pelo saludó la celebración de Sergio Ramos de la victoria española en baloncesto del jueves con una fotografía del 11-M. Ja, ja.

Pero volvamos a los dos chistes con el niño muerto. ¿Saben quién los publicó? ¿Dónde? Efectivamente, fue en Charlie Hebdo el pasado 9 de septiembre y Riss, que los firma, es el actual director del semanario tras los atentados de enero. Esta vez, aparte de cundir como reacción una solemne lluvia de amenazas legales, también parece haber prendido el eslogan opuesto al de aquel frío mes de enero: Ahora, «Je ne suis pas Charlie» se lleva más que su contrario.

Sería muy provechoso, aunque ahora no interese y estén más candentes otros temas (Cataluña, el toro de la Vega, las elecciones generales, Podemos, etcétera, ¡qué sueño!), que alguien preguntase a alguno de los millones de líderes y no tan líderes mundiales que se manifestaron en París aquel día: «¿Qué opina de esta viñeta? ¿Volvería a dar su apoyo a Charlie Hebdo

El mandatario, quien fuese, diría que la libertad de expresión es una cosa muy europea, pero a la vez —a menos que tuviese en muy poca estima su trabajo— tendría que escandalizarse un poquito. Luego empezaría a echar humo por las orejas. Finalmente, y casi con toda seguridad, le estallaría la cabeza.

Es difícil asegurar sin más contexto cuál es la intención profunda de esos dos chistes, pero posiblemente incluya, entre otras, la de volver a muchos contra el espejo. A muchos de los que hace tan solo nueve meses, que es muy poco tiempo, eran incapaces de decir bien alto que no eran Charlie pero que eran mucho menos partidarios de los matones asesinos. Posiblemente una de las intenciones —o eso espero, porque si no la cosa tiene difícil explicación—fuese que todos los millones de suscriptores que quisieron mostrar que les encantaba una revista que no conocían en absoluto sientan auténtica repulsión; que quizás asuman que es posible (y necesario) aborrecer lo mismo que se respeta. Pero como tampoco es cuestión de pararse a pensar mucho, ahora solo cambiaremos de tema. Ahora, solo, cambiaremos de canal. Y a otra cosa.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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