>

Blogs

Alejandro Carantoña

En funciones

Manolo, el catalán

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Bastó con que Pemán escribiese Mis almuerzos con gente importante para que a Manuel Vázquez Montalbán, tiempo después y ya en plena democracia —en los primeros 80—, le diese por crear esa genialidad que es Mis almuerzos con gente inquietante, reverso irónico y mucho más interesante. El libro de Montalbán, que todo periodista debería leer, es un paseo gastronómico razonado por una amplia colección de personajes que le inquietan y un bofetón elegante a la escritura institucionalizada y dócil. Es decir, Bibi Andersen, el duque de Alba, Jesús Quintero, etcétera. Y es, contra todo pronóstico, fascinante. Es una foto fija (y quizás involuntaria) de la Cataluña inmediatamente posterior a la Transición.

Igual que ese libro descolla entre los demás cada cierto tiempo, resulta que también van apareciendo, desperdigadas, novelas de la serie Carvalho oportunamente: El premio, Los mares del sur… Desapercibidos, humildes pero constantes, los libros de Montalbán, como una gota malaya: la foto fija (y de involuntaria no tiene nada) de todas las cataluñas posibles, hasta llegar a esta. La de este domingo.

Cuando era realmente muy pequeño me hice una foto con Manuel Vázquez Montalbán en la Feria del Libro de Madrid. Y lo cuento solo con la reverencia de quien ha podido pasar cerca de un héroe desaparecido, y no con la intención de escribir lo que queda de esta columna refiriéndome a él como «Manolo», que es lo que hacen esos aduladores que alguna vez se lo han cruzado comprando el pan y a los que les ajustaría las cuentas, debidamente, en novelas como ‘El premio’.

El caso es que aquel señor tan grande y que siempre ha escrito tan claro y ha comido tan bien era, en aquellos tiempos y en los inmediatamente siguientes a su muerte (en 2003) el tipo de faro y referente catalán que está en vías de extinción: Josep Pla hace tiempo que calló; las viñetas de Bruguera son, como mucho, un acto de nostalgia; Marsé sigue recluido en su rincón; Vila-Matas ya ha cumplido con su deber; y así se dibuja un largo etcétera de silencios o de relevos generacionales que, puede que simbólicamente, ha culminado esta semana con la defunción de Carmen Balcells.

La colección de personajes variopintos, e inquietantes como diría Montalbán, han dejado su plaza a un paisaje de voces mucho más uniforme y superficial. Los columnistas se han vuelto cortoplacistas y despreocupados; los autores, salvo contadísimas excepciones, nos han dejado huérfanos de opiniones contundentes y transparentes, y han perdido el nervio identitario para sobreponerse al ruido.

Ocurra lo que ocurra hoy en las urnas, la cosa es esperpéntica y el grado de manipulación del discurso se ha vuelto casi insoportable. No desde una perspectiva política, ojo, ni siquiera retórica: simplemente intelectual y literaria. Hace tiempo que cuesta disentir de un punto de vista, de una línea editorial, sin perderle el respeto a quien esté detrás.

Cabía la posibilidad de que esa decencia, esa coherencia casi suicida, fuese recogida por quienes alguna vez, en su juventud, pudieron tener a Montalbán por maestro e incluso hubiesen recibido bula para llamarle Manolo. Que hubiesen sido investidos para tomar las riendas (intelectuales, se entiende) de todo lo que estaba ocurriendo y estaba por ocurrir. Pero no ha sido así: solo de este modo se explica que hayamos llegado a esas bochornosas peleas de banderas y esperpentos varios. Solo se explica por haber perdido (y hay que volver a él) a Manolo, el catalán.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


septiembre 2015
MTWTFSS
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
282930