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Alejandro Carantoña

En funciones

Ozores, al fin

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Quizás haberle dado a Antonio Banderas el Goya de Honor el año pasado lo haya precipitado todo. Y quizás esa decisión —darle el premio a toda una vida a un actor de 55 años— sirviese para hacer inventario de ancianos mucho más ancianos, olvidados en el olimpo del cine español, a los que había que premiar antes de que empezasen a morirse.

Al ponerse a rebuscar, allí, en un rincón, aparece un señor de labios graciosos y característicos, muy, muy mayor: es Mariano Ozores y tiene 88 años. Si en cada año que lleva vivo hubiera rodado una película, aún le faltarían nueve (su filmografía está compuesta por 96 títulos), y por cada año que lleva vivo, un millón de personas ha ido a un cine a comprar una entrada para ver una película dirigida por él. Ahí es nada.

La noticia ha sido de esas que tienen más eco y desatan más entusiasmo entre sus propios colegas de profesión que entre el común del público: esto, este cariño entre los que hacen cine antes que entre quienes dicen ir a verlo, pone sobre el tapete dos realidades tan incómodas como injustas.

Primera, que Ozores era un genio sin cortapisas al que el tiempo no ha sabido premiar en condiciones. Un genio por el reconocimiento que le brinda toda una generación de actores, directores y creadores, y un genio por su grado de productividad, de atractivo para el público que inundaba las salas por y para sus películas.

Segunda, o bien el público no tiene memoria o bien se han vuelto unos estirados sin remedio. La crónica de cualquier periódico al día siguiente de la concesión del premio (o sea, el viernes) está teñida de una condescencia insultante, apresurándose a explicar que todo tiene un trasfondo sociológico y haciendo de menos al valor cinematográfico de la producción de Ozores.

Porque con Alfredo Landa o José Luis López Vázquez, actores ambos que también recibieron sus Goyas de Honor, se podía esgrimir aquello de la versatilidad y del alucinante contraste entre el típico papel dramático crepuscular y las comedias alocadas de juventud. Con Ozores no: Ozores siempre ha sido incómodo por esas dos verdades, porque daba al público lo que quería y nunca ha hecho daño a nadie con ello —esto es importante, porque marca la diferencia con la telebasura que facturan hoy las televisiones—.

Profundizar en las razones de su humor o ponerse a descifrar las películas de Gracita Morales desde una perspectiva histórico-social es lo único que queremos saber hacer, como niños avergonzados tras revolcarse en un charco de barro. Ozores, sencillamente, escogió un camino creativo que casa mal con la intelectualidad a marchas forzadas que venimos tratando de imponernos desde finales del siglo pasado, igual que ha ocurrido con la revista (ahora se llevan los musicales), con la zarzuela o con el entretenimiento más puro y más duro.

De esta quema de lo «popular» se ha salvado, y por los pelos, Lina Morgan; posiblemente porque el esnobismo biempensante sí podía tolerar el perfil de mujer luchadora y trabajadora. Pero Lina —«mi Lina», que dijo aquel— no abrió ni un solo suplemento cultural con su fallecimiento. ¿Cuántos, ahora, merecerá el cine de Mariano Ozores?

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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