En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
Un amigo medita sobre un error valiosísimo: «Logré entender que me la di por entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que observar primero y reaccionar después, con calma», aprendía.
Una reflexión así valdría para casi cualquier orden de la vida, pero quizás esta semana que empieza, más que nunca, haya que aplicarla a los baños de masas y a los paseíllos multitudinarios, que parecen haberse convertido en la última moda de la batalla institucional. El presunto clamor de un lado y de otro que nos ha ensordecido durante esta última legislatura, para entendernos, se han convertido en la carta blanca que parece justificar cualquier enfrentamiento, ruptura, fractura o postura incluso.
Y no va solo la cosa por el ensimismado trasiego de Artur Mas de camino a declarar ante el juez esta misma semana, sino al revuelo organizado en torno a los Premios Princesa de Asturias, que ya han comenzado y que prometen polémica a raudales —para asombro de los premiados e invitados— a lo largo de la próxima semana.
Es la primera ocasión que el tripartito de izquierdas ovetense ha tenido para tomar postura ante un acontecimiento que se pretende, ante todo, cultural, pero obviamente impregnado de connotaciones políticas, ideológicas e institucionales.
Las últimas declaraciones han sido confusas, o quizás matizadas —es donde cabe más de una interpretación donde cada cual entiende lo que quiere entender—: Ana Taboada, vicealcaldesa de Oviedo (Somos), dijo que ceder espacios a los Premios, sí, pero que entregar dinero, no: que se lo paguen. Así, ha surgido una polémica sustanciosa y se ha caldeado el ya de por sí poblado manifestódromo de La Escandalera para el próximo viernes.
El resultado de estas declaraciones (y la airada reacción de Graciano García, director emérito vitalicio de la Fundación), volviendo a la sabia lección, ha sido ante todo de ruptura, de enfrentamiento. Quizás a medio plazo sea un resultado constructivo, pero por lo pronto se ha puesto en contra a todo un sector de la sociedad que, para empezar, disfruta con los Premios y los apoya; y, para seguir, rechaza frontalmente que lo eduquen o lo reconduzcan.
No se trata aquí de evaluar si a los Premios se les deben otorgar 350.000 euros, 350 o 350 millones de subvención; ni siquiera de plantearse su existencia o su oportunidad en el tiempo en que vivimos. Simplemente, en los albores de esta revisión profunda de lo que es Oviedo y lo que se quiere que sea, toca hablar de los tiempos y del tacto. Del arraigo —o del enquistamiento—, del diagnóstico, del cálculo.
Seguro que ni Taboada ni nadie en la nueva Corporación, que tiene a gala un programa de cambios de calado en la cultura de la ciudad, quieren perder a un solo actor de los que participan de ella, se llame como se llame y sean cuales sean sus preferencias. Seguro que empezar la construcción de su Oviedo prometido no empieza por expulsar o extirpar a nadie ni a nada, sino que tiene como fundamento la conciliación, el diálogo y la toma de decisiones comunes.
Por eso, por muy cargada de razón o muy aclamada que sea una propuesta; por muy democrática y justa que sea, su implantación siempre tiene que comenzar por el principio: por la seducción. Ante todo, tacto.