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Alejandro Carantoña

En funciones

Un factótum parisino

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hay quien culpa a Mozart de la Revolución Francesa, aunque fuese en parte, por haber concebido algo tan provocador como Las bodas de Figaro en los albores del fin de la monarquía gala: en mitad de una comedia ligera, Figaro y Susanna mandan y ordenan sobre la vida de sus señores. Demasiado para 1786.

Ha querido la casualidad que este viernes, 13 de noviembre de 2015, estuviésemos llevando a cabo el ensayo general de esa ópera en el teatro Campoamor en la temporada de Ópera de Oviedo, y que justo mientras que Europa se partía por la mitad nosotros estuviésemos a diez minutos de enfilar el tercer acto. Mientras que el público que nos rodeaba reía en tiempo y forma, y con ganas, con el Mozart más acerado, más picante y emblemático de esta Europa nuestra, ocurría lo impensable.

Durante la hora y media siguiente, más o menos, todos los presentes vivimos en una realidad paralela, en una de criados que saltan por ventanas para no ser tomados por amantes y de arias maravillosas. Estábamos en el teatro, encerrados, ausentes e inconscientes a la cicatriz que nos estaban haciendo en la cara de París: había algo que importaba más, había una música maravillosa que tronaba por encima del ruido.

A medida que íbamos saliendo del teatro adoptátabamos de nuevo el traje de viernes por la noche —y quizás celebrábamos que justo entonces era el aniversario de la muerte de Rossini, ínclito vecino de París y muñidor de la «precuela» de las bodas mozartianas: ¡El barbero!—. Consultábamos distraídamente nuestros móviles, aprendíamos que ya nada volvería a ser igual, nos quedábamos de piedra.

El primer sentimiento para cualquiera que tenga una mínima vinculación con París es de dolor, dolor inmenso e indescriptible. Pero el segundo, que quizás sea más importante que el primero, es el retumbar de esas risas ociosas y ajenas a todo lo que aún no había ocurrido, a todo lo que aún no sabíamos, a todo lo que estaba por venir.

Somos muchos los que en este teatro y en todos, en los cines, salas de exposiciones, editoriales, mesas de trabajo y estudios nos levantamos cada mañana con un fin mucho más efímero y tonto que cambiar el mundo, que es preservar lo que somos: en el fondo de las catacumbas del teatro de la Ópera de París, en el Palais Garnier, justo debajo del escenario, hay un refugio antibombardeos de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial para recordárselo a todo el mundo.

Esa misión —la del búnker de subsistencia— se nos olvida con frecuencia, cuando el día a día llama a la puerta con sus tonterías y las insignificancias del cotidiano empiezan a enturbiar el auténtico sentido de lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Por eso es terrible que, desde ayer, permanezcan cerrados todos recintos culturales parisinos: porque han ido a golpear donde más nos duele, que es en la identidad y en la cultura.

Funciones como la de este viernes, que al menos durante unas horas congelan las lágrimas y excluyen el dolor, dan más sentido si cabe al compromiso que muchos tenemos con lo que somos, con nuestro arte, con el puro placer de la sonrisa cuando más falta hace y de la belleza cuando parece que está al borde de la extinción.

Nosotros, al menos, esta misma tarde podremos estrenar. Será la respuesta más contundente y necesaria a un ataque salvaje no al ocio, sino al alimento de una civilización, a aquello en lo que creemos: es aquello, aquel lugar, que tenemos que preservar porque nos habla de lo que somos: Mientras nos siga quedando un Mozart que revivir nos seguirá quedando la esperanza de que podemos con todo. Contra todo.

 

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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