En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
Haría falta prácticamente la recaudación íntegra del cine español durante los tres últimos años para pagar los estudios de Ciudad de la Luz de Valencia. 333 millones de euros presupuestados —de los cuales el gobierno valenciano debe 200 diez años después de la apertura del complejo, según datos publicados esta semana—, frente a una recaudación, en 2014, de 131,79 millones del cine patrio. Algo falla cuando con el coste de ese proyecto podría financiarse el Festival Internacional de Cine de Gijón, que empezó el viernes, durante unos tres siglos y medio. Los actuales responsables valencianos se llevan las manos a la cabeza y se preguntan qué hacer con semejante mamotreto, que se hunde lentamente y que parece muy complicado reflotar.
Estos últimos años han servido para demostrar que España se ha hecho un daño irreparable al orillar la cultura de lo pequeño, de lo próximo, que viene a ser la base de una industria sólida y duradera: de los transatlánticos hipertrofiados ya no queda casi nada; mientras que de lo próximo, lo prestigioso, lo querido, sí. Eso es perenne.
No obstante, entre los años 2002 y 2014, el número de cines en nuestro país se redujo desde 1.223 a 710 mientras que el número de pantallas solo decreció de 4.039 a 3.700. Es decir, que la «industria» ha favorecido el cierre de cines pequeños —recordemos que en Asturias ya han sido exterminados por completo— para priorizar los multicines.
Estos no se alimentan precisamente del cine mal llamado independiente, sino, de nuevo, de pelotazos. De pelotazos como Ocho apellidos vascos y de su secuela, estrenada el pasado viernes —también—. Eso no es más que un espejismo inflado por un puñado de títulos y por producciones acaparadas por dos gigantes audiovisuales: récords como ese son dignos de celebrar, pero no de tomar como referencia de lo que debería ser el cine en este país. Es absurdo que se nos pinte el símbolo del euro en las pupilas pensando en que, de seguir así, dentro de unos veinte años todo nuestro cine arrojará un margen de beneficio del tres mil por cien.
Ese tipo de razonamiento, el de la hipereficiencia antes que la cultura, es el que ha llevado a catástrofes como la de Valencia.
De hecho, quizás la comparación más procedente sea otra: con el dinero triturado en la Ciudad de la Luz se hubieran podido producir más de cien veces los ocho apellidos. Y de esas cien, quizás una hubiera resultado un éxito comercial como el que se buscaba; quizás un enorme porcentaje de las demás hubiesen sido fracasos de taquilla pero éxitos morales; y quizás, con todo ello, se hubiese podido tejer una red sólida, industrial y sectorial que alumbrase a creadores cinematográficos por cientos en nuestro país. Competitivos, creativos, sanos, buenos y entregados.
Para eso, hay que celebrar y preservar caiga quien caiga festivales como el de Gijón, que reabre los Cines Centro y que nunca ha pretendido —ni esperemos que llegue a pretenderlo— competir con estrenos ultracomerciales y con grandes estructuras.
Estamos a un paso, en fines de semana como este, de conseguir que la gente vaya a ver a Bond, Han Solo y Borja Cobeaga (!) y que a continuación acudan a ver ese cine recóndito, espeso, minoritario, diferente y tan necesario para acercar a los creadores a su público. Ese público, el día de mañana, será el mismo que dirija, ruede e impulse nuestro cine por encima de los nombres y siglas políticas que estén detrás del certamen. Festivales como este, que ya no pertenecen a nadie más que a su público, solo se hacen indestructibles con tiempo y mimo: ese es un esfuerzo continuado, largo y colectivo. Más o menos, como ocho apellidos por cien.