En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
Hagamos un esfuerzo por creérnoslo: es una manzana podrida. El último corrupto, en el sentido que se quiera, del partido que se quiera, es una manzana podrida. Pero algo habrá en el aire cuando la tasa de podredumbre atañe a todos —antes o después— y tiñe del desagradable color de lo «poco ejemplar», como gustan de decir en círculos institucionales, a más frutas de las que debería.
La Cultura y su relación con lo público han sido siempre uno de los mejores caldos de cultivo para ese tipo de corrupción que no se ve y de la que no se habla, por aquello de que, total, es cultura y tampoco importa demasiado.
Así, pelotazos aparte, que esta semana haya salido a la luz —merced a una investigación de El País— el caso de los taquillazos inopinados en el cine español viene a tocar uno de los pocos palos culturales que aún quedaban a salvo. Presuntamente, un nutrido grupo de productores y exhibidores se conchabaron para inflar artificialmente el número de espectadores que tenían sus películas, y así tener acceso a las subvenciones concedidas para producciones con determinada cantidad de público.
«Son manzanas podridas», dicen unos —otra vez—. «No podemos criminalizar a la industria del cine», le contaba a Azahara Villacorta J.A. Bayona en estas páginas durante el Festival Internacional de Cine de Gión.
No, claro que no, pero es inevitable que cualquiera de dentro o de fuera del mundillo de la cultura se acuerde, de un solo fogonazo, de Teddy Bautista saliendo detenido de la SGAE en el verano de 2011 por un delito societario, otro de apropiación indebida y otro más de administración fraudulenta; es inevitable acordarse de la hiperturbia salida de Helga Schmidt del Palau de les Arts este mismo año, acusada de prevaricación, malversación de fondos públicos y falsedad documental; es inevitable acordarse de Ciudad de la Luz —aquí mismo nos acordábamos la semana pasada—, de la Ciudad de la Cultura de Santiago…
Claro que no es justo o que no podemos criminalizar a toda la industria, pero el hecho es que el cine español —y más, ejem, cierto cine español— acaba de cavar con maquinaria pesada y bien de dinamita un pozo del que le va a resultar complicado salir: no olvidemos que hasta hace pocos meses Enrique González-Macho, acusado ahora de defraudar más de 700.000 euros en subvenciones a través de sus empresas, era el presidente de la Academia del Cine.
Puede que pronto escampe —judicialmente hablando— pero todos los artistas y creadores podemos estar agradecidos, ya, a estas manzanas podridas de llevar colgado el sambenito de hipersubvencionados y chupasangres durante unos años más. Solo se quiere hacer cultura para robar o para forrarse: si es de manera legítima, pues bien; y si no, una buena subvención, que no amarga a nadie.
El mundo no funciona así. El arte no funciona así. Precisamente Bayona, en su entrevista, aporta otra clave hablando de un tema distinto que resulta fundamental para entender qué ocurre y qué debe ocurrir: «Las cosas que se hacen por dinero, normalmente, no salen bien. Si las haces por dinero, no las hagas».
Quizás entonces el problema no resida en nombres propios o comportamientos reprochables, sino, otra vez (y van…) en la mentalidad, en la insistencia en repetir que no pasa nada porque «son pocos». Pero son. Y mientras quede uno, significa que algo en el ambiente flota que no debería existir.