En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
A medida que ocurría, casi en directo, él lo visualizaba. Había estado tocando en el escenario de la sala Bataclan; y tenía un buen amigo que lo había hecho la víspera de aquel viernes aciago de noviembre. Justo el día anterior. Son franceses. Por eso, aunque no quería, al cabo de unos días se autoinfligió las fotos del interior de la sala, tomadas poco después de la masacare: «Es muy doloroso, pero prefiero verlo a imaginarlo. Ça va être là toujours, siempre va a estar ahí».
Faltan tres días para que se acabe el año en el Suroccidente francés y, aunque la vida parece seguir fluyendo como el Garona, hay un algo inexplicable —y asfixiante— en las últimas bocanadas de 2015: hay un comerciante que mira de reojo a quien entra en su tienda, porque las amenazas de baja intensidad que recibió en el pasado se han hecho una realidad muy plausible en los últimos meses; hay guardias de seguridad que revisan cada bolsa, y cada bolso, para permitir el acceso a un centro comercial; y hay que bajar al aparcamiento por las escaleras porque los ascensores están condenados, en el marco de la operación Vigipirate. Toda la calle de acceso a la sinagoga está cortada y custodiada por policías y militares, a los que es fácil encontrarse tanto en la frontera —discretos, eso sí— como en las ciudades.
Aparentemente, no pasa nada; nada más que otro comerciante ha puesto un cartel manuscrito en la puerta de su tienda defendiendo con furia que haya colocado la bandera durante semanas tras los atentados de París: «Le drapeau français est le symbole le plus important de liberté», la bandera francesa es el símbolo más importante de libertad. Parece que hasta en eso hay zozobra, hay duda. Hay una pregunta —si nos atacan, ¿a quién atacan y por qué?— por responder.
Francia, ya a dos días de que acabe el año 2015 y semanas después de la cicatriz que le han hecho, da la sensación de haber optado antes por obviar el enorme dilema de identidad y de seguridad propia al que se enfrenta, como un adolescente temeroso, antes que de tirar por la calle de en medio. Sacan más fuerzas, hablan del asunto, abren con normalidad los bares y las tiendas pero hay algo, definitivamente, que no es normal: en la tarde de Nochebuena, en Ajaccio, en Córcega, se desató el caos en un barrio de inmigrantes que ha traído consigo fortísimas manifestaciones contra la inmigración por todo el país, como latidos ensimismados contra su propia naturaleza.
Camina por la cuerda floja bajo una apariencia de normalidad; nos hace temer, a quienes la queremos, de que igual ese tipo anchote y grandón que nos trataba con condescendencia a medida que nos hundíamos en una crisis de proporciones bíblicas haya recibido ahora una paliza enorme, y prefiera lamerse las heridas en un rincón cargado de orgullo y cabezonería a tendernos la mano a los convencinos del Sur.
Al volver a cruzar la frontera —y el año ya se acaba mañana: ¡ha llegado 2016!— nos descubrimos transitando las autopistas del Norte entre incendios y bajo una luna enorme. Bilbao aguarda con los brazos abiertos; Gijón, con los bares llenos. Recorres San Lorenzo, asistes a la entrañable polémica por las terrazas de Oviedo y sabes que por mucho desgobierno que haya, por todo lo que nos falte por hacer, estás en casa. Y que tenemos una suerte inmensa de que así sea. Y que, después de todo, quizás no lo hayamos hecho tan mal —como pueblo, como comunidad, como país— cuando tocaba.