En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
Trampee y fórrese. No le llevará mucho más que un año. Merced al inefable Vasile y a 3.136.000 habitantes de esta España nuestra —unos 40 diputados de los 350 que conforman el Congreso: fuerza decisiva—, el pequeño Nicolás ha empezado esta semana a cobrar, cuentan, casi el doble que el presidente del Gobierno de España. El doble de su sueldo anual, quiero decir, al mes.
Lo ha hecho por acceder a participar en un programa que consiste en encerrar a algunas pseudoestrellas caídas en desgracia y a diversos monstruitos catódicos para que se destripen entre ellos frente a las cámaras, asunto este que ha roto las redes sociales en su estreno y que ha concitado la atención de esos tres millones largos de personas.
No es, desde luego, una masa crítica ni silenciosa ni despreciable en número, aunque sí bastante inquietante en la medida en que una, y otra, y otra vez esta gallina de los huevos de oro que ya no se molesta ni en disfrazarse de experimento sociológico sigue dando buen resultado. Ya puede estar acabándose el mundo ahí fuera que, sin embargo, Guadalix y demás sucedáneos nunca fallan. Al contrario: crecen.
Se suele cometer el error de reducir estos divertimentos al absurdo, como si fueran cosa de «otros» que no somos nosotros. Los más cínicos quieren emigrar, miran con altivez este subproducto y con condescencia a sus espectadores.
El porqué de su éxito sigue siendo un misterio, pero las consecuencias son palpables: a nadie se le escapa que algo tan accesible, tan al alcance de la mano —o de ese teléfono móvil que usan prácticamente el 85% de los menores de edad de este país— define la manera en que se relacionan con el mundo e influye, y mucho, en su manera de entenderlo.
Los personajes modélicos de esa España en ciernes son un niño estafador y un puñado largo de chavales que, provistos de una cámara y un micrófono, ganan el triple de dinero que sus padres lanzándose dardos venenosos a través de las redes sociales y de vídeos —no de blogs: escribir no vende—. Estos chicos triplican en audiencia a los de Guadalix. En efecto: el ‘youtuber’ con más seguidores de España tiene 15 millones de suscriptores. Se llama elrubius y también ha vendido 40.000 libros en pocos meses. Esos 15 millones equivaldrían a los votos cosechados por los tres primeros partidos del Congreso (255 diputados de 350: la mayor mayoría absoluta de todos los tiempos).
Y también rompió a llorar en el programa de Risto Mejide, que le entrevistó el año pasado, cuando reconoció que había estado un año encerrado en su casa cuando seguidores y detractores le localizaron y acamparon a su puerta, queriendo más rubius del que Internet les podía proporcionar (y eso que cuelga vídeos con una frecuencia prácticamente diaria), y también resultó que toda esta gloria, tan íntima, tan llena de vísceras, tan bañada en dinero rápido y tonto, es en realidad una burbuja, la primera gran burbuja que se encuentra la generación que viene detrás.
No, ni los millones de consumidores de estos productos merecen condescencia ni, como se dijo en su momento, toda esta vorágine acabaría cayendo por su propio peso: hay que empezar a asumir que hay gente que es o será decisiva que firma libros sin haber leído ni uno —¡y a mucha honra!—; hay que preguntarse, aunque solo sea por un momento: ¿Qué ocurriría si a cualquiera de ellos le diese por pedir el voto?