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Alejandro Carantoña

En funciones

Primavera Chichos

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El día en que murió David Bowie, las reproducciones de sus canciones en el portal de música Spotify se dispararon un 2.700% y el buscador Google explotó con su nombre. Es de suponer que mi generación, que no es necesariamente la que llevaba fascinada con su música toda la vida, necesitaba algún motivo para llorarle en las redes sociales. O algún dato, al menos.

En tiempos recientes, este fenómeno ha alumbrado el término «postureo» —que la Real Academia no reconoce: remite a «costureo», quizás una sugerencia maliciosa—, que exitende sus tentáculos hacia casi cualquier orden de la vida: a ver quién nos iba a decir que para ver Gran Hermano VIP iba a haber que hacerse un máster urgente en secretos de Estado y servicios de inteligencia; o que para opinar acodados en la barra del bar sobre «los políticos» iba a haber que hacer el esfuerzo supremo de leerse la Constitución, escarbar en el funcionamiento del Congreso de los Diputados y/o, incluso, descubrir qué es la mesa que lo gobierna. Nada que objetar.

Esta semana, el famoso festival indie —por decir algo— Primavera Sound, ha anunciado su cartel para la edición de 2016, que incluye a Radiohead, a Brian Wilson y a los Chichos. Esto no es nuevo: ya en los albores del hipsterismo desaforado, allá por 2014, Raphael encabezó el cartel del Sonorama.

Y nadie dice que los Chichos no sean un supergrupo o que Raphael no sea un artista como la copa de un pino: siglos antes de que hornadas y hornadas de grupos insulsos con guitarristas prescindibles y letras huecas tomasen al asalto «la escena», como gustan de decir los anglófilos, aquellos ya estaban dando conciertos à la Johnny Cash en el penal de Ocaña y, este, arrasando continentes enteros.

Durante mucho tiempo, ni lo uno ni lo otro fueron méritos suficientes para que fuesen considerados como «serios» por un amplio sector del público joven, sino más bien como figuritas de Lladró convenientemente plantadas encima del televisor.

De nuevo, se equivoca quien dude de que el cine quinqui (del que los Chichos fueron motor esencial) es probablemente de lo mejor que se ha producido en España; y se equivoca aún más quien no sea capaz de ver que Raphael inventó (¡y la sobrevivió!) una manera de entender la música que ya querrían para sí muchos.

Así, quizás sea la crisis o quizás sea el aburrimiento de escuchar voces desafinadas y trascendencia aguada, pero hemos empezado a tomarnos en serio a nuestros mayores: ellos estaban ahí antes de que engendros antimusicales como el reggaeton nos invadiesen; y ellos estaban ahíí, hablando de droga y de maltrato y de «lo que ocurre por la noche» eones antes de que la música popular, o independiente, se empezase a recriminar a sí misma su falta de conciencia social.

Críticos como Víctor Lenore (que provocó una buena polvareda con su ensayo sobre el asunto) o Diego Manrique han detectado y comentado el fenómeno, relacionándolo a veces con la comodidad —o vagancia— en la que se ha instalado esta generación de consumidores de Cultura. Ahora, todos saben que algo queda de la faceta «figurita de Lladró» en la invitación de los Chichos al Primavera, pero también sospechan —Manrique lo ha escrito esta semana en El País— que a más de uno se le va a cambiar el gesto cuando entre en contacto con ese mundo. Y si al menos sirve para respetarlo, bienvenido postureo.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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