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Alejandro Carantoña

En funciones

Rus y el mínimo

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hay estampas que son ejemplos significativos; y otras que son, abiertamente, estereotipos. Ocurría en aquella estupenda película, La caja 507, que empezaba a adelantarse a lo que más tarde fue Crematorio, la fabulosa serie basada en el universo corrupto-mediterráneo de Rafael Chirbes, que se adelantaba, a su vez, a lo que ahora estamos viendo y leyendo a diario. Pero esta vez, en la prensa: esta vez es real.

Está por ver si la colección de altos cargos —en este caso, del Partido Popular— que han sido detenidos esta semana en la operación Taula, y que están en estado de imputación, investigación, escrutinio o comoquiera que se llame ahora, son culpables. Pero es inevitable que a personajes como Alfonso Rus los envuelva un aura, sí, de estereotipo, de dinero a manos llenas tintado de colores oscuros: «O votáis a Arias Cañete u os pego una paliza» y ese llamamiento a celebrar una victoria con «champán y mujeres» (risas de fondo), dicho con ese tono igualmente estereotípico, son detalles de hemeroteca que harán recordar a más de uno a más de un personaje que se habrá cruzado en el camino a lo largo de su vida.

Aunque no ha llamado especialmente la atención, el Consejo de Europa ha publicado esta semana un informe, elaborado por el comité de derechos sociales, que quizás sin saberlo pone el foco sobre los miles de pequeños ruses que aún pululan por España.

Ha dicho el Consejo de Europa, en su evaluación de las condiciones laborales y salariales de menores de edad y «aprendices» —o sea, becarios– que España debe garantizar (y no lo hace) que perciban como mínimo el salario mínimo interprofesional, esto es, 655,20 euros al mes en 14 pagas. Llama también la atención sobre el hecho de que exista una diferencia salarial entre mayores y menores de edad únicamente por este motivo; y sugiere (ejem) que la remuneración vaya en aumento y que no sea inferior, jamás, al salario mínimo.

Ya solo por el baremo económico se puede intuir por dónde van los tiros: hablamos, primero, de lo interesante que sería capturar con vida para su estudio científico a un solo becario al que le hayan ofrecido esos 655,20 euros (o 764 al mes, en doce pagas) de primeras. No es muy complicado imaginar a algún pequeño rus llamándolo «chaval» —no se sabe su nombre: en cuanto acabe el contrato vendrá otro— pidiéndole café, fotocopias o algún recado; saludando con un cachete en la cara o pasando a su lado, atravesándolo con la mirada como si no existiera. Ni dinero, ni atención, ni aprendizaje —porque lo que obvia el informe es que en pocos o ningún caso se tutela efectivamente al aprendiz—.

Nuestro pequeño rus está bien situado socialmente y se percibe en cierto pedestal de intocabilidad que no tiene por qué ser impepinablemente delictivo, pero que sí lo aúpa un par de escalafones en el universo del poder: «Alfonso, te quiero, c***, te quiero», le decía «uno de Pontevedra» entre risotadas altas y un penetrante olor acolonia mezclado con aroma a puro.

Tampoco se piense que este es el único patrón por el que vienen cortados; solo es el último que ha caído en desgracia, ese al que en esta época le ha tocado la extinción por vía judicial y administrativa: antes, los pequeños ruses ofrecían ferraris a quien les ayudase a mantener la posición. Ahora, basta con ofrecer una pequeña parcelita de poder, un espacio mediático o un escaño en el Congreso. Ya ni siquiera se trata de acariciar bolsillos: ahora, basta con alimentar egos.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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