En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
En contra de lo que dicta el sentido común —u opinólogo, al menos— he aquí la locura de esperar una semana para escribir sobre el espectáculo de títeres que tan revuelto tiene Madrid y alrededores.
Este tiempo ha bastado para que el IBEX subiese y bajase —más bien lo segundo— lo indecible y, como ya es costumbre, para que el mundo apenas se desplazase de su eje, a pesar de aquello que están empeñados en vendernos como catarsis final.
Lo del chiringuito tiritero- madrileño-carmenero a pie de calle olía a fiasco informativo desde el minuto dos, pero eso no ha supuesto ningún inconveniente para que se organizase la mundial en portadas, tertulias e incluso prodigiosos programas televisivos muchísimo más largos de lo debido, para al final quedar en agua de borrajas.
Pasados los días, parece que ya empieza a decantarse el meollo del asunto, divido a su vez en dos partes jugosas y, como siempre, muy alejadas de donde se suponía que iba a estar el debate en un momento inicial: primera: ¿Hacían apología de algo estos anarquistas titiriteros? Segunda: ¿Es proporcionado el castigo?
La respuesta a la primera cuestión parece un rotundo no. Se trata más bien de una «boutade», tan frecuente como prescindible en el mundo artístico. Y que además gozaba, potencialmente, de un impacto irrelevante y frívolo. Pescozón por jugar con las cosas de comer pero, por lo demás, debate inexistente donde los haya. Sí conviene llamar la atención, no obstante, sobre el hecho de que buena parte del guirigay se haya organizado por la costumbre podemita de jugar a un discurso agresivo y contundente durante demasiado tiempo: tanto amenazar con que viene el lobo que, cuando uno entra disfrazado de ídem, lo muelen a palos sin preguntar.
Segunda cuestión: el castigo es desproporcionado y vacuo. Absurdo. Durante muchos años —y aquí mismo lo escribí con motivo del estupendo documental Ciutat morta hace un año— ha valido la pena evitar frivolidades en torno a ciertos asuntos, como el terrorismo o la violencia policial. Había que tomárselo muy en serio —critiqué a los autores del documental por aprovechar un premio como plataforma de reivindicación— y había que evitar, sobre todo, que las voces críticas para con lo peor del sistema abriesen la puerta a verse desautorizadas: una reflexión anulada es una reflexión perdida.
Es exactamente lo que ha ocurrido: que más que cometer un error garrafal con su espectáculo, los programadores y el Ayuntamiento de Madrid han abierto la puerta a que el establishment político que quieren combatir entre en tromba contra ellos. En concreto, han sustanciado el mensaje —que no es baladí— de que si bromas, frivolidades o reflexiones parecidas se hubiesen producido en sentido opuesto (el bebé de Bescansa) sí se hubiese exigido y justificado un acto de censura igual o mayor al que se han visto sometidos ellos.
Después de todo, de todo el ruido y las portadas y las tertulias, posiblemente este artículo no contenga nada de novedoso o de disonante con respecto a lo que alguien haya escrito ya. Nada más que esa inconsciencia, en los tiempos en que vivimos, de esperar algo más de siete días para formarse una opinión (y expresarla) sobre algo que prácticamente nadie ha visto, sobre lo que la mayoría no sabe prácticamente nada y sobre lo que, ay, pesa la sospecha clara de ser más una palanca de opinión que un asunto realmente importante. En fin: era una excusa.