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Alejandro Carantoña

En funciones

Denunciados a primera vista

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando el drama por el drama empezó a no ser suficiente, lo mejor fue llevarlo a los tribunales. Así que no contentos con tirarse los trastos a la cabeza, los colaboradores y tertulianos de los programas de Telecinco establecieron un nuevo campamento base en los juzgados de Plaza de Castilla o en el Supremo para aderezar las insulsas tardes de nuestras grises vidas. Solo relacionadas con la cadena de Vasile, y en una búsqueda veloz, encuentro seis sentencias dictadas por alguna de las salas del Tribunal Supremo en el año 2015, todas relacionadas con intromisión en el honor o en la intimidad, injurias, etc.

Porque incluso a la casa de Gran Hermano VIP ha llegado la moda judicial: el pequeño Nicolás, ese picaruelo por excelencia reconvertido a personaje chusco, participaba hace unas semanas en el reality de Telecinco cuando le tocó ir al plató de Plaza de Castilla a declarar por la famosa comida en Ribadeo con Jorge Cosmen. Pues nada, se le saca de la casa, se le transporta, declara y vuelve. Y todo ello, convenientemente radiado por las ondas.

Y antes de entrar en terreno escabroso, una última joya del mestizaje jurídico-popular brindada por Telecinco: aquella cosa llamada De buena ley en la que un señor o una señora vestidos con toga y con un pequeño martillito dirimían, con aires judiciales, los conflictos entre parejas, vecinos o jefes y empleados. El público también intervenía y daba su opinión, y al final el «juez» emitía un veredicto que la bienintencionada audiencia daba por buena. Hasta el punto de creerse que la justicia, en efecto, era eso.

De todos estos polvos llegan los lodos, los lodos más feos posibles: acaba de concluir la emisión del programa Casados a primera vista, que consiste en casar a desconocidos y luego comprobar si se llevan bien. Una de las concursantes ha denunciado a su pareja por violencia de género. Hasta aquí, el titular. Ahora, la verdad impenetrable: el mensaje publicado por esta buena mujer en una red social, a través de la cual lleva semanas dedicándose a insultarse con su ya ex marido, es de todo menos discreto, es de una redacción cuando menos exacerbada y, tanto en su forma como en su fondo, se parece sospechosamente a los guirigáis mediáticos que cada tarde se organizan en Sálvame. Es algo extremadamente delicado como para dirimir, como mezquinamente están haciendo muchos medios de comunicación, si la denuncia es cierta o falsa; si existe o si es otra vuelta de tuerca al drama escenificado. Pero precisamente por eso —porque el tema es lo suficientemente grave como para tomarlo a la ligera— no debería ser algo digno de redes sociales, capturas de pantalla y platós incendiados, sino de juzgado de guardia.

Eso abre la puerta a la mercantilización de los sentimientos, de los miedos y de las causas. Ese meter el dedito y a ver qué pasa, ese bordear la denuncia pero no pero sí pero a ver y todo se arregla en prime time. Ese enseñar a nuestros chavales que los problemas se arreglan así, gritando mucho y organizando un circo, tiene consecuencias nefastas. En concreto, hace ya casi diez años una mujer fue asesinada por su ex pareja, que había acudido a un programa de telerrealidad a pedirle perdón en directo. Ella no lo aceptó (tampoco dijo al programa que había antecedentes judiciales por medio) y, a los cuatro días de la emisión del espacio, la mató. La cadena dijo que lo había controlado todo, que no sabía cómo había podido pasar. El equipo del programa, devastado. Y el debate sobre dónde se puede y no se puede hurgar, hoy, enterrado. Hasta que vuelva a ocurrir algo igual y volvamos a preguntarnos qué ha podido ocurrir.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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