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Alejandro Carantoña

En funciones

Bruselas por bandera

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hace algo más de una semana, el tripartito que gobierna en Oviedo decidió que la bandera europea dejase de ondear en el consistorio. La medida —que quizás hubiese pasado desapercibida de no haberse anunciado: tan solo se enroscó la bandera al mástil— era una forma de responder y de protestar por la europarálisis ante la crisis de refugiados que ya dura demasiado, y que por oleadas acapara nuestra atención y nuestra rabia. En efecto, las cosas se están haciendo lo suficientemente tarde, poco y mal como para sacarnos los colores cada pocos días.

El martes, sin embargo, la protesta acabó igual que había empezado, pero esta vez con un silencio avergonzado. La bandera azul y estrellada volvía a ondear porque, pocas horas antes, Bruselas acababa de sufrir uno de los peores atentados de su historia. Se estaba repitiendo y perpetuando lo que ya nos tocó sufrir en noviembre del año pasado y, más remotamente, cuando se produjeron los atentados de Londres, Madrid y Nueva York.

Desde aquel pique en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona por ver quién colocaba la bandera más enorme, en los últimos meses las hemos tenido de todos los colores, a cada cual más oportunista y vacua. Idas y venidas en consistorios de toda España con la bandera española, la preconstitucional, la republicana, la del movimiento LGBT o la del pueblo saharaui se han convertido en acciones tan frecuentes que han empezado a perder su sentido. Solo con algo tan terrible como lo sucedido en Bruselas se recupera mínimamente la cordura (o se pierde del todo, pero ese es otro cantar). El resto del tiempo, a dar vueltas en torno a trozos de tela y mástiles.

Porque a priori, las banderas sirven para poco o para muy poco. Como los himnos. Pero se cargan de sentido en la medida en la que se rellenan y empiezan a representar algo. ¿Puede ser que la europea ya no contenga nada más que olor a moqueta y a administración lejana y distante? ¿Puede ser que se hayan apropiado de la española unos pocos —o la Selección de fútbol, en su defecto—? ¿O que la asturiana haya quedado reservada a los nostálgicos que viven muy lejos de aquí?

Hace pocos días, Calixto Bieito, que se acaba de convertir en el director artístico del Teatro Arriaga de Bilbao, explicaba por enésima vez en una entrevista que no tenía intención de irse a vivir allí porque, entre otras cosas, tiene su vida hecha en el centro exacto de Europa: en Basilea. Allí, contaba, se hablan muchísimas lenguas y todo está cerca; allí, decía, uno puede hacer teatro y pasearlo por Suecia, Reino Unido, Francia, España o Estados Unidos. Y todo, pasando por Bilbao.

Hablaba Bieito, de nuevo, de su pérdida de una identidad muy española, burgalesa o catalana y se colocaba en eso que aún resulta algo exótico: en el hecho de ser europeo. Europeo en un sentido bastante amplio y a menudo incomprendido, en un sentimiento que oyéndole hablar o viéndole trabajar se puede llegar a comprender con cierta facilidad pero que, aún hoy, no tiene bandera. Quizás eso lo haga único, o quizás signifique que en algún momento se torció el proyecto de que fuese esa Cultura y esa argamasa las que rellenasen y pegasen una bandera como la europea. Con sus luces y sus sombras; sus hitos y vergüenzas, pero al menos con la coherencia suficiente como para que supiésemos avergonzarnos de no saber qué hacer con nuestras fronteras sin perder de vista qué somos. Es muy peligroso que no lo recordemos a diario: es muy peligroso que solo nos venga la cabeza algo tan obvio en días como el martes.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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