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Alejandro Carantoña

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Millones ajenos

Bertín Osborne ganó el martes, sin esperarlo, unos 35.000 euros. Dicen. Y nos parece mal: a pesar de la bruma que envolvió la salida de su programa-espectáculo de Televisión Española a principios de este año, sabemos que ahora Telecinco le paga mucho más por episodio. Da igual cuánto. También sabemos que por cada décima de audiencia sobre cierto límite que obtenga su programa, se lleva mil euros. Y nos parece mal, aunque también da igual cuánto: es mucho.

Mucho ha debido de ser también lo que han cobrado Imanol Arias o Ana Duato por aparecer en ‘Cuéntame’, visto el escándalo por los tres millones de euros que la Fiscalía Anticorrupción sospecha que han defraudado, y del que se ha tenido noticia esta semana. Por tercera vez, da igual: nos parece mal. La sola mención a los tres millones de euros nos indigna.

En realidad, casi cualquier cifra que supere los ingresos propios (o aquellos considerados razonables) sientan mal, cuando el lunes estábamos cálidamente acurrucados disfrutando del portento periodístico que es Bertín Osborne y, el jueves, tratando de asumir los giros de guión de los Alcántara y familia. Lo mismo sucedió con el perenne Jordi Hurtado cuando trascendió su caché en ‘Saber y ganar’ —el sueldo más alto de Televisión Española—, y tantos y tantos y tantos otros casos agravados por la crisis y rematados por la querencia al cotilleo que hemos desarrollado.

Bertín Osborne podría embolsarse el PIB de Suiza, si Telecinco estuviese dispuesta a pagárselo, que no sería merecedor más que de aplauso: algo tiene que tener muy popular, muy familiar, para poder sentar frente al televisor a casi cuatro millones de personas a verle charlar amigablemente repatingado en un sofá.

El asunto se complica cuando estos datos se confunden con lo que Televisión Española paga o deja de pagar, que a fin de cuentas viene a ser lo que pagamos todos, y que a un tiempo todo ello se mezcle en esa enorme olla que es el (presunto) fraude fiscal: a efectos de opinión pública, no hay más mal en la solución definitiva de esta crisis que el defraudador millonario. Haberse acogido a la amnistía fiscal trampa de 2012 —a este paso, en poco tiempo conoceremos a todos los contribuyentes que acudieron a ella— y aparecer en los papeles de Panamá mete en el mismo equipo a Pedro Almodóvar y a José Manuel Soria; a José Ángel Fernández Villa y a Bertín Osborne.

Se ha producido un debate de baja intensidad sobre si pagamos demasiados impuestos o demasiados pocos pero, sobre todo, se ha cimentado la muy extendida y confortable idea de que existe una élite inaccesible y poderosa, una élite que vive allende los despachos y parlamentos, encerrada en el televisor. Resulta muy confortable creer que todos ellos son ricos: hace unos meses, se filtraba —y nadie confirmaba ni desmentía— que la mayoría de caras de la televisión privada rondan los cuatro millones de euros anuales. Y para qué volver sobre los sueldos de sus señorías, los diputados y senadores; sobre las indemnizaciones a los grandes ejecutivos; o sobre los líos salariales que se traen los grandes equipos de fútbol.

No se trata aquí de censurar o de justificar los sueldos de nadie —salvo que los paguemos todos, claro está—, sino de contemplar la sospechosa actitud combativa para con estos sueldos cuando muchos, la mayoría, no tendría empacho en aceptarlos si les lloviesen del cielo. Pero estos millones, que son millones ajenos, son mucho más golosos: precisamente, porque son de otros.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 8 de mayo de 2016.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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