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Alejandro Carantoña

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Comunicación y Humanidades 2016] El impertinente necesario

Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 20 de mayo de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Cuando la gente termina de estudiar Periodismo suele querer hacer tres cosas: presentar los deportes, firmar reportajes memorables o cubrir una guerra. Lo primero requiere cierta paciencia; lo segundo requiere bastante esfuerzo y lo tercero requiere paciencia, esfuerzo y algo de olfato para que no te maten.

El perfil impecable—bien afeitado en mitad de un genocidio—, sereno e impertinente de James Nachtwey viene a ser un faro imprescindible para cualquiera que se asome al oficio periodístico (probablemente sea uno de los más periodistas de cuantos han sido premiados con el Princesa de Comunicación y Humanidades), y también para iluminar los tiempos que corren.

Nachtwey, fotógrafo autodidacta (un detalle importantísimo entre tanta trayectoria trillada de antemano) y rodado por medio mundo, se ha definido a menudo con la misma contundencia que exhiben sus fotografías: «Hago imágenes a nivel del suelo para humanizar aquello que de otro modo no serían sino abstracciones o estadísticas», declaró en 1997. «En cierto sentido», relataba en el documental sobre su figura nominado al Oscar en 2002, «si una persona asume el riesgo de colocarse en mitad de una guerra para comunicar al mundo lo que ocurre, está tratando de negociar la paz».

Sin alharacas, define con esa sencillez la esencia de un oficio en horas bajas. La institucionalización del sensacionalismo; el hambre de vísceras sin deontología ni sentido; la carga ideológica de los conflictos globales: todos son males que aquejan a una profesión peligrosa y amenazada —los conflictos llaman hoy a nuestras puertas: ya no son guerras ajenas, hay que enfangarse en ellas—. Hacerlo desde esa perspectiva serena es un acto de valor en sí mismo.

Sin embargo, el discurso de Nachtwey encarnaría, en otras coordenadas (incluyendo las españolas) una insportable blancura, un no mojarse que no es en absoluto cierto. Ocurre, con estos gigantes, que no libran las batallas desde el partidismo, sino desde un humanismo que bien merece ser recompensado, reivindicado y, esperemos, desarrollado y patrocinado a raíz de este Premio.

El jurado le reconoce «compromiso», «lucidez» y «magisterio» en una trayectoria de tres décadas largas, revistiendo el Premio del consabido prestigio del que tanto gustan los jurados. Sin embargo en este caso, igual que en el del Princesa de las Artes de la semana pasada —otorgado a Núria Espert—, se le añaden al galardón algunas notas novedosas y de cierto riesgo: Nachtwey tendrá mucho que decir, con ocasión del Premio, sobre las diversas crisis actuales que atañen a su negociado (refugiados, terrorismo, libertad de expresión). Lo hará con una autoridad y un discurso que no son en absoluto previsibles, sino fraguados en la historia viva del mundo de los últimos cuarenta años, y que a buen seguro le aportarán altura y frescura a la mera corrección institucional. A veces, el simple chasquido de un obturador o la contundencia de una palabra certera son el mejor bálsamo entre el ruido, el humo y la convulsión.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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