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Alejandro Carantoña

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Un desastre en el cine

Esta semana se ha presentado el Anuario del Cine Español del segundo mejor año en taquilla de la historia, 2015. Los datos, con todo, no dejan de ser demoledores: se han estrenado 188 películas, que han recaudado en total unos 110 millones de euros. Es una media de 1.709.000 de euros por estreno, que no está nada mal. Lo que pasa es que, si tomamos los datos previamente facilitados por el Ministerio de Cultura y empezamos a cruzarlos, salta a la palestra la catástrofe audiovisual por antonomasia: efectivamente, solo catorce estrenos españoles lograron superar el umbral del millón de euros. Entre todos ellos, y en un cálculo informal, suman casi 93 millones de recaudación (de los cuales un tercio corresponde a Ocho apellidos catalanes, pero esa esa otra historia). Es decir, que entre las 174 películas restantes se recaudaron 17 millones de euros. Ahora, la media es de unos 97 mil euros por película.

Podríamos seguir hasta naufragar. Hay estrenos que no han recaudado más de 30 euros en todo el año. Cinco espectadores. Es de suponer que la manía con que el cine está hipersubvencionado ya está superada, y que esa perogrullada que es sostener que el sector no merece apoyos públicos, también. Sin embargo, cada vez que aterrizan como jarros de agua fría datos como estos se obvia una reflexión algo más serena: solo se aplaude la pujanza de algunos títulos y se realiza una media interesada, que maquilla la auténtica situación del cine español.

La realidad es que una película como Truman, que arrasó en los Goya (ganó cinco estatuillas) y se supone que es, por tanto, el producto de más calidad que ha producido el cine español en 2015, no ha sido rentable. Ha combinado a la perfección lo mediático y lo popular con los más altos estándares. Ha contado con dos caras conocidas, un guión multipremiado, prestigio y críticas sabrosísimas. La productora Marta Esteban ha reconocido un presupuesto de 3,8 millones de euros: ni con todo lo dicho de cara, Truman  ha ganado dinero aún.

Y todo parece indicar que cuando lo haga arrojará algún pequeño pellizco, pero no multiplicará por dos o por tres su presupuesto dejando pingües reinversiones para sus creadores. El cine español que se mueve en esa franja, entonces, solo aspira a empatar y a que Ocho apellidos barra, se entiende. O que los fichen de allende los mares.

Por eso lo más inquietante es que el cine, grosso modo, con sus inagotables posibilidades de distribución y presupuestos ajustados, sea (casi) menos rentable que el teatro o que la ópera, que en nuestro país rondan unos ingresos propios de entre el 50% y el 70%, cuando no del 100% obligados por la «sensata» política fiscal y cultural de la Administración.

Podríamos seguir felicitándonos por la «estupendez» de las películas que se hacen —aplíquese lo mismo a discos, etcétera–, alimentando esta burbuja, reestrenándolas en cadenas de televisión privadas hasta que los muy poco fiables datos de audiencia las conviertan en líderes. Podríamos hacer todo eso y seguir evitando preguntarnos cómo demonios es posible que tengamos el talento, los profesionales, los recursos, la calidad, el prestigio y los mimbres necesarios para hacer un cine tan bueno como rentable y, sin embargo, las salas languidezcan vacías y den ingresos insuficientes. Podríamos seguir diciendo que todo se hace de maravilla, sin consultar a los profesionales del ramo. Podríamos hacer todo eso, seguimos sin hacerlo. ¿Por qué? Vaya usted a saber.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 22 de mayo de 2016.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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