Una habitación preñada de humo, altas horas de la madrugada, un cuaderno en blanco, riadas de desesperación y todo eso. Malditos, malditos somos y en el camino nos encontraremos: los juntaletras siempre hemos tenido en los autores en problemas la coartada perfecta para no dar palo al agua. El bloqueo creativo, etcétera. Bukowski escribía sobre la marcha, así que ya me pondré el mes que viene. A la máquina de escribir de Kerouac se le rompió el salto de línea: puntuar es de cobardes. Malditos seductores para los jóvenes deslumbrados por la bruma que los envuelve —que resulta ser un poquito de mentira—, pero que, con los años, se van arrinconando en la estantería de lecturas hasta quedarse en pasatiempos divertidos. Luego, se olvidan.
Esta semana han entrevistado a un maldito local que se quiere morir. Las reacciones de los lectores son, en su inmensa mayoría, furibundas: uno decía que se levantaba por las mañanas a producir y nadie le daba las gracias. La mayoría, que el maldito en cuestión solo buscaba notoriedad: por si acaso, ni diremos de quién se trata.
Con algo más de templanza, resulta que el tipo —en realidad no hace falta identificarlo, porque el ejemplo vale para demasiados colegas— no ha hecho mucho más que soltar una boutade en una conocida red social. A partir de ahí, un periodista cultural le hace una entrevista que transita entre la complacencia y la fascinación y, finalmente, sale un peloteo pregunta-respuesta que provoca las iras de los (no) lectores del maldito.
Más allá de la opinión que merezca él, su obra o su muy destructiva manera de entender la vida, conviene preguntarse por qué resulta tan llamativo para el gran público. El escritor y colaborador de este diario Manuel Astur, que caminaba la senda del malditismo adormilado, amarrado a su zurrón de libros por escribir, se salió por la tangente hace unos años. Cambió la penumbra por la luz y se atrevió a orillar el perpetuo discurso de que el público no está preparado y los medios lo silencian —argumento en que insiste el maldito en cuestión—. Le costó mucho más de lo que sospechaba, pero a resultas de sus abluciones de sol y prao, y de cierta necesidad de contrición pública, acabó escribiendo el ensayo Seré un anciano hermoso en un gran país.
Ahí, donde procura que abunde algo más la luz que el misterio, se entremezcla la lucidez con, eso sí, grandes dosis de valor. No tanto por lo que orea, sino por haber ejecutado la más contracultural de las acrobacias en los días que corren: no estar en contra, sino a favor; no lamentar, sino exaltar; encontrar, en fin, la madurez oportuna para equilibrar la queja necesaria con los motivos de alegría.
La producción del uno y del otro vienen a ser irrelevantes, a efectos de lo que aquí tratamos. Puede que escriban mejor o peor, que gusten más o menos o incluso que sus propias biografías acaben engullendo su obra. Da igual, para eso hemos venido a este mundo, para escribir como si no nos fuese a leer nadie más nunca. Lo interesante, en cambio, es que al maldito se le buscan las vergüenzas con tantas ganas como al luminoso. Igual que al autor de éxito se le reprocha la ligereza y que al mediático se le considera un vendido, a cualquiera que haya optado por consagrarse a las artes —y no sufra, se entiende— parece que hay que encontrarle la trampa, el castigo por no tener un oficio «de verdad». Al final resulta que poco importa lo que reivindiquemos los unos, los otros, o José Luis García Martín aquí al lado —¿es maldito o luminoso?—: queda el poso en algunos lectores que quizás hayan disfrutado, cambiado o, sencillamente, se hayan fascinado con la maldición ajena.
Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 29 de mayo de 2016.