Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 2 de junio de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.
Hace dos años, Hugh Herr se preguntaba «cómo puede ser que los zapatos nos sigan causando ampollas». Lo hacía en una charla, encaramado a sus piernas biónicas: treinta años antes había perdido las suyas. Las biológicas (porque distingue, en todas sus intervenciones, entre los componentes biológicos y los biónicos de un cuerpo, como si todo fuera uno).
Quizás su metálico y mecánico tren inferior y su trayectoria, nacida de un consabido accidente de escalada a muy corta edad, hayan sido el principal sustento del Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica de 2016. Pero Hugh Herr va bastante más allá de la discapacidad y plantea, a través de sus hallazgos, un futuro que no es fácil adivinar si sabremos digerir adecuadamente. Porque es un futuro luminoso pero que, en las manos equivocadas, puede volverse en contra demasiado deprisa.
Aquello de las ampollas es parte del trabajo que desarrolla su grupo en el MIT. No deja de ser una contribución a un mundo algo más confortable, una pequeña parte del total: cuando sigue desarrollando ideas, aparece el exoesqueleto. Concretamente, artilugios prodigiosos que unidos al cuerpo (biológico) de personas sanas pueden llegar a hacer que las piernas no experimenten cansancio al caminar o al correr, y que el consumo metabólico se reduzca considerablemente. Eso ya existe, ya está pasando: no quedan demasiados años para que sea posible andar sin andar.
Las apliaciones militares del invento son evidentes e inquietantes; casi en la misma medida en que resultan esperanzadoras y positivas en el terreno médico y fisioterapéutico. (Lo de las ampollas, por supuesto, no deja de ser una bendición.)
No obstante, esa escueta frase final del fallo del jurado («Ha desarrollado exoesqueletos que […] permiten potenciar las capacidades físicas humanas») deja un regusto futurista, uno de esos de ciencia ficción que de pronto se ha hecho verdad.
Así, la contribución de Herr es indudablemente valiosa, enorme, pero también tiene un reverso —¿cuánto necesitamos «mejorar? ¿qué es «potenciar», exactamente, y hasta dónde?— tan fascinante como merecedor de una reflexión pausada y honda.
Hace unas semanas, Eythor Bender, otro promotor y visionario de las prótesis estadounidense asentado en el meollo tecnológico, afirmaba en Madrid que en 2025 no quedarán personas con discapacidad. Que la tecnología biónica, convenientemente desarrollada, será «mejor que la que traemos de serie». Herr tampoco escatima imágenes de las posibilidades que le ha abierto como escalador el desarrollo de las prótesis, desde hace años: pies finos y duros como el acero para las grietas; piolets en lugar de dedos para el hielo.
Es decir, hay una delgada línea de la que aún no nos han hablado: la de dónde termina la enorme funcionalidad, merecedora sin duda del Premio y esperanzadora para miles de personas, y dónde comienza la perversión de lo imprescindible. La tecnología nos curará, dicen: luego, nos hará mejores. ¿Hasta dónde necesitaremos mejorar y, sobre todo, cuán peor será el resto?