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Alejandro Carantoña

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El candidato mantequilla

Mariano Rajoy ya entendió, avistando los bigotes de los langostinos navideños allá por diciembre de 2015, que hay cosas que nunca cambiarán: consuelos del alma aparte, donde haya una generosa nuez de mantequilla se pueden ir apartando las acelgas al vapor de la austera y sobria nueva política.

Entonces el Partido Popular lo entendió, lo entendió tan bien que no tuvo más que basar su campaña en encaramar a su candidato a bancos (de los de sentarse), en añadir caldo bien caliente al arroz de los pactos para que se socarrase al gusto y, mientras tanto, recostarse con un buen puro y un ribeiro helado.

Funcionó mejor de lo esperado: ahora, ha vuelto a la carga con el puchero recontracocinado, rebosante de manteca y tropezones. Los programas son idénticos; los contendientes, los mismos que hace medio año y la estrategia, calcada: a fin de cuentas, el Partido Popular ganó las elecciones de diciembre de 2015 tras una legislatura bronca, difícil y abonada para terminarla con todo el electorado en contra. Y sin embargo, hoy Rajoy tiene papeletas para quedarse en la Moncloa hasta 2020.

No ha necesitado aludir a ninguna pinza para que calase el mensaje de los peligros de un posible bloqueo —que fue el error que le costó a Foro el gobierno asturiano en 2012—: solo había que proponer identidad, ruralidad y linaje ibérico con unas gotas de flema gallega para vencer a los cantos de cambio que proponían Podemos primero, el PSOE después y, en última instancia, Ciudadanos.

Todos ellos han competido hasta ahora por arrogarse la voluntad de «la gente» desde graves y exaltadas intervenciones televisadas, mientras que Rajoy abría mejillones con Bertín Osborne y dejaba a la tropa el trabajo mediático sucio. Repite jugada y envida a la grande codeándose con entrañables niños (como este miércoles), en próximos mega actos de campaña en Torrevieja, Madrid, Valencia y Málaga —allá donde pueda rascar algún diputado extra— y frente a una competencia a la que mira con condescendencia con ese «ahora más que nunca» que exhibe como mantra infalible.

Es el candidato mantequilla, el que prefiere caminar deprisa que salir a correr: la tradición, la seguridad. La seguridad de que van a subir los impuestos —esto casi nadie lo duda— y que se hará «lo que haga falta» por España. Habrá de todo lo malo, pero no habrá sorpresas.

Así, los electores parecen haber demostrado, ante todo, que prefieren la certeza de ir a ganar veinte kilos con un menú barato y contundente a los cantos de sirena de la última dieta milagro, esa que en cien días se compromete a solucionar el fracking, los problemas de vivienda o el reconocimiento del estado Palestino.

Como única pega a esta tournée de proximidad (de ahí el empeño en afianzar posiciones, no en conquistar otras nuevas), tiene el PP el problema de que con este calor no entran bien ni las gachas ni los torreznos: quizás, y solo quizás, apetezca más ese gazpacho sevillano tan presente en precampaña.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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