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Alejandro Carantoña

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Dientes, dientes

Los actos en formato eléctrico —con algarabía de estrellas invitadas— de Unidos Podemos llevan por título La sonrisa de un país: así se titulaba el celebrado ayer en Málaga y el que está previsto para el martes en Canarias. Así en toda España. ¿En toda? No, en una irreductible esquina del mapa —Barcelona— donde hoy se celebra uno de estos actos ha querido la alianza que el acto se llame, en cambio, El somriure dels pobles (La sonrisa de los pueblos), una pequeña y risueña pirueta lingüística destinada a descafeinar y blanquear el discurso para no molestar en exceso a futuribles socios.

La sonrisa de la coalición del ‘sorpasso’, así, adquiere una cantidad de dientes y una amplitud forzada que dan una idea de cuán delicado es el hilo del que pende la estabilidad de esta alianza a muchas bandas. Una sonrisa nacional que se va truncando por frentes, y que en apariencia solo se mantiene por aquella posibilidad, alimentada por el CIS de anteayer, de atropellar (o someter) al PSOE y desalojar al PP.

En Asturias lo saben bien: la escalada de declaraciones, dimisiones, réplicas y contrarréplicas en torno a la ya famosa declaración en defensa del carbón ha tornado en una llaga supurante y silenciosa, sobre la cual ya nadie quiere echar más sal. Al menos de momento, habida cuenta de que Izquierda Unida en Asturias acaba de descubrir que, de cumplirse los últimos vaticinios electorales, quedará de nuevo fuera del Congreso de los Diputados. Todo ello con la papeleta añadida de que, encima, la formación está relegada a un tercer puesto en las listas por la organización podemita. No quedarán muchos motivos para exhibir su contento, entonces: no solo perderán representatividad, sino que habrá que buscarse las vueltas para dar marcha atrás al pacto sin perder la sonrisa.

Los dientes, dientes que van apareciendo por el flanco izquierdo del tablero recuerdan cada vez más a dentelladas. También a los dientes, dientes que por su lado tuvieron que exhibir Isidro Martínez Oblanca y Susana López Ares, socios en la coalición PP-Foro, para opacar los gritos de aquella septuagenaria cabreada de Avilés en el inicio de campaña el jueves.

Era de lo más significativo ver a esos cinco asistentes al acto formar, al borde del área de penalti, y aplaudir muy fuerte para evitar una foto con los dos cabezas de cartel —Oblanca hacía malabares con el corazón que Unidos Podemos lleva por emblema— y con aquella señora de fondo. Era todo una muestra de la facilidad para atacar los escándalos de corrupción, las sentencias europeas y/o el déficit de las comunidades autónomas, pero una incapacidad manifiesta para lidiar con una mujer pegando gritos: todos los populares mantuvieron los dientes cuando, en pleno Parque del Retiro, un activista irrumpió a voces en la foto de familia de los candidatos. No obstante, en el siguiente acto del mismo corte —la presentación de candidatos por Madrid, el martes pasado— no se corrieron riesgos parecidos: se celebró en una azotea convenientemente cerrada al público.

Son sonrisas bien entrenadas. Dientes, dientes, plas, plas, pero sonrisas que empiezan a parecerse en exceso entre sí. Quizás no sea posible hacer política sin usarlas, tan opacas como elocuentes. Quizás sea cierto que estemos abocados a otras elecciones, detrás de estas. O que, simplemente, todos estén tan contentos que no puedan contener la sonrisa.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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