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Alejandro Carantoña

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De justicia y venganza

Hace diez días que Rafael Fernández perdió un empleo, pero ganó un mordisco de fama: el escritor afincado en Asturias, que ocupaba la contraportada de este periódico el miércoles pasado, acababa de rechazar un trabajo ruinoso en Madrid.

Le habían ofrecido mil euros al mes por escribir para alguien o algo —no ha trascendido con quién mantenía la entrevista— y, siempre según él, se alzó pidiendo cinco veces esa cantidad por renunciar a sus sueños, sus libros, sus entradas en la bitácora que mantiene, etcétera. A partir de ahí, la explosión. La entrada en la que relata el episodio camina con paso firme hacia los 400.000 visionados.

Seguramente venderá algunos libros más a raíz de este relato —Fernández se autoedita—, pero lo más probable es que no tantos como gente ha aupado su historia. Porque, leyendo los comentarios y apostillas de quienes lo han compartido, el aplauso no tiene (casi) nada que ver con lo que Fernández escribe, sino con la realización de ese sueño, tan extendido, de mandar a paseo al impresentable de turno.

Es probable que, como él mismo reconocía, el fenómeno adquiera estas dimensiones precisamente por las dificultades que juntaletras en ciernes e incluso autores consagrados tienen para reunir mil euros de estipendio seguro —pelotazos aparte—. Que alguien pueda rechazarlos, quiera hacerlo y encima lo cuente es un caramelo demasiado apetitoso.

Así es como Fernández se ha convertido en el pequeño héroe del mes, en la mota de esperanza que envalentona o consuela, por turnos, a quien sueña con poder hacer lo mismo que él pero no puede, no quiere o sencillamente no se atreve (o sabe que los escándalos, a la larga, nunca son buena idea).

A Fernández se le va a apagar esta llama en breves instantes, porque la provocación no era calculada. Le ha venido de golpe y no es seguro que vaya a rentabilizarla: de hecho, no tiene mucho que ver con la esencia de su actividad. Sin embargo, también esta semana, se ha producido en el Teatro de la Zarzuela otro escándalo. Pero esta vez, es uno de esos episodios que hacen época: porque, esta vez, sí tenía que ver con el núcleo de la zarzuela a la que envolvía —que es, en sí misma, pura provocación—.

Ha sido en ¡Cómo está Madriz!, el espectáculo dirigido por Miguel del Arco, con Paco León como protagonista, que reúne y recicla La Gran Vía y El año pasado por agua. De carga política obvia (para algunos críticos, excesiva), ya desde su estreno levantó algún revuelo, pero esta semana la tensión llegó al extremo de tener que detener la función. León y Del Arco, que son bien listos, han sabido recoger la actitud matona de los espectadores que organizaron el barullo y transformarla en un impulso publicitario de los que no tienen precio. El concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, que acogerá la producción dentro de unas semanas, ya se frota la manos por el éxito de público que supondrá esta agitación.

En los dos casos está al otro lado un público, el español, que de un modo u otro busca y necesita héroes así, héroes de los que pasean calle arriba y calle abajo y uno se puede encontrar en cualquier momento. Héroes de los que administran justicia por quien no sabe, puede o quiere y, de vez en cuando —y solo de vez en cuando— también un poquito de venganza, que alivia y reconduce los malos sentimientos. Eso contenía ¡Cómo está Madriz! y eso reposa en el relato de Fernández. Al parecer, eso es lo que anhelamos.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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