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Alejandro Carantoña

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016] A la americana

 

Este artículo, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Más o menos cada cuatro años desde que empezó este siglo, los Premios Princesa de las Letras lo vuelven a intentar: dar con la gran novela americana, con la voz unívoca y única que, desde esa tradición cada vez más arraigada, explica nuestro mundo. Siempre con el mismo patrón, ese que rige el canon narrativo anglosajón desde mediados del siglo pasado y que pretende consolidarlo en el mundo entero: historias pequeñas pero extensas, amplias pero concretas, minuciosas pero grandiosas.

Así empezó todo, con el Premio a Arthur Miller en 2002. Luego, han ido desfilando Susan Sontag (2003), Paul Auster (2006), Margaret Atwood (2008), Philip Roth (2012) y, ahora, Richard Ford. Por el camino, el jurado ha orbitado en torno a cierta manera de mirar: es el caso de Muñoz Molina, de John Banville o de Amin Maalouf, que guardan más parentesco literario del que a priori se podría suponer.

Ford es, por su lado, un heredero del «realismo sucio» que se revuelve como gato panza arriba contra la etiqueta, y hace bien: desde que hace justo ahora cuarenta años debutase como escritor (a los treinta y dos de edad), se ha ido consolidando al otro lado del Atlántico una literatura que bebe, como hizo Ford, del costumbrismo bien entendido, expansivo y grande. Hunde sus raíces en John Fante, al que siempre se le cuelga el sambenito de padre del «realismo sucio» por haber apadrinado literariamente a Charles Bukowski, cuando es, en cambio, un narrador tierno y emotivo y sin querencia alguna por la sordidez gratuita. Ford también puede servir de antecedente a otros autores mucho más pretenciosos y obsesivos, como Jonathan Franzen: su manera de explicar el mundo a través de realidades muy concretas entronca directamente con esta nueva hornada de autores.

Sin embargo, los Premios de las Letras no siempre tuvieron la mirada tan clavada en esta manera de escribir, y de entender la literatura. Hubo un tiempo, desde la institución de los galardones en 1981 hasta el fin de siglo (1999), en que nunca se le otorgó el de las Letras a ningún autor que no escribiese en lengua española. El primero fue Günter Grass, que es a su vez el primero y único de acervo lingüístico y literario netamente alemán que ha recibido el Premio.

Desde entonces, solo algunas concesiones, como Leonardo Padura en la edición anterior, han compensado la preponderancia de una mirada de calidad, precisión y relevancia, pero necesariamente ajena a la tradición latinoamericana que, al parecer, ya apenas se ocupa de premiar el Cervantes.

Richard Ford es un autor monumental, sin duda de lo más premiable, pero cuyo encuadre dentro de literaria universal de nuestro tiempo es mucho más difícil de comprender que en los casos de Philip Roth, de Amin Maalouf, de Miguel Delibes o de Franisco Umbral, por decir solo algunos nombres.

Hay, en España y en Latinoamérica, una necesidad de cimentar las voces para el siglo que entra. Esto es responsabilidad de los lectores, pero también de los premiadores: sin eso, nos vamos a quedar sin clásicos.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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