El pasado jueves ocurrió algo, algo que en España no ha pasado de la anécdota: el festival de verano de Salzburgo ha acogido el estreno absoluto de El ángel exterminador, la ópera de Thomas Adès basada en la película homónima de Luis Buñuel. La ópera fue encargada por la Royal Opera House de Londres, que a su vez recibirá la producción, dirigida escénicamente por Tom Cairns y musicalmente por el propio Adès, la próxima primavera.
Por poner las cosas en su contexto, Thomas Adès es probablemente el compositor más relevante de su generación (ha muñido títulos tan relevantes como The tempest o la hiperrepresentada, porque ya es un clásico, Powder her face); y Cairns, en su terreno, también. Adès ha revelado, como recogían varios medios en las entrevistas que han precedido el estreno, que lleva más de diez años trabajando en este proyecto.
El equipo, por tanto, es enteramente extranjero; los comisionarios, también; y en el reparto no hay atisbo de un solo español. Tampoco se ha anunciado, de momento, que esta producción vaya a viajar a nuestro país (aunque es de suponer que las grandes casas la acojan en algún momento). ¿Qué pasa, entonces, con Buñuel? Pasa que murió hizo el viernes 33 años, en México. Que su casa de allá está desatendida, sumida en un guirigay administrativo. Que, por increíble que parezca, no existe una monografía o una biografía solvente sobre él. Pasa, también, que quizás el ejercicio más próximo a retratarlo haya sido el de Fermín Solís, que en una de esas estupendas obras gráficas editadas por Astiberri contó cómo había sido el rodaje de Las Hurdes, tierra sin pan. Y hasta aquí, los laureles.
Todo lo demás es de un silencio clamoroso e inexplicable: no se entiende que el que probablemente sea el festival de verano más prestigioso del circuito lírico, y la primera casa de ópera del Reino Unido, se unan para emprender uno de los mayores productos de la temporada (si no de la década) sin que en España nos despeinemos. Buñuel, igual que Dalí, o igual que Lorca, son tan nuestros como Cervantes, y sin embargo no se nos ha pasado por la cabeza celebrarlos como sería preceptivo: nos los están arrebatando.
Algo similar ha estado ocurriendo con el compositor Enrique Granados, de cuya muerte se cumplen cien años este 2016. Granados, que en su época llegó a triunfar en Barcelona, compuso su primera ópera con tan mala suerte el estreno en Europa se vio atropellado por la Primera Guerra Mundial. Sumidos en la contienda, el Metropolitan de Nueva York (ahí es nada) se movilizó de inmediato para llevar el estreno al otro lado del Atlántico, donde Goyescas fue un éxito arrollador. Tanto así, que Granados tuvo que postergar su retorno para tocar en la Casa Blanca. A su vuelta, por un error militar, su barco se hundió y murió antes de poder disfrutar de las mieles del éxito.
Este año, con todo, los fastos en su recuerdo están siendo de lo más discretos, por no decir que han quedado circunscritos a reservarle un hueco en la programación de teatros, auditorios y festivales. (Casi) nadie sabe de la triste historia de Granados, sepultado en los trompicones del año Cervantes y Shakespeare.
Si un siglo después de esta gesta aún no hemos podido celebrarlo, se antoja que el caso de Buñuel puede llegar a ser igual de sangrante: la incapacidad para reivindicar el patrimonio cercano, y la falta de comunicación y medios, nos abocan a vergüenzas como que sea el festival mozartiano por excelencia quien lo festeje por nosotros.