>

Blogs

Alejandro Carantoña

En funciones

Olimpismo y Rio

Aún con los Juegos Olímpicos recién empezados, cuesta encontrar las buenas noticias, y también las malas (aunque bien contadas). Algo ha ocurrido cuando ni la esperanza ni la fraternidad momentánea, presuntamente encarnada en la cita de Rio, ha podido sobreponerse a las pandemias, chapuzas, corruptelas, amenazas terroristas, boicots y un larguísimo etcétera que ya se antoja insuperable: estamos ante el penúltimo episodio del declive del deporte institucional.

Es difícil imaginar cómo vamos a contarnos Barcelona 92 el año que viene, cuando se cumplan 25 años de la cita Olímpica. No pocos hablaron entonces de una organización dopada en sí misma, turbia, como de burbuja: sin embargo, lo más probable es que el balance acabe siendo positivo, y que primen las consecuencias que el acontecimiento tuvo en la configuración de la actual Barcelona o de la situación de España en el mapamundi. De un tiempo a esta parte, sin embargo, parece imposible que los argumentos de las grandes citas deportivas no sean más de novela negra que de epopeya heroica: desde una UEFA sacudida por los más turbios manejos hasta la inefable sanción en falso a los atletas rusos; desde los vergonzosos problemas de los grandes futbolistas con el fisco hasta el no menos proceloso circo de la Fórmula 1, todo parece estar viciado.

Mirando atrás, lo más probable es que tras años de olimpismo moderno las instituciones hayan acabado por creer que bastaba con poner el carro, y por lógica aparecerían los bueyes. Rio encarna el fracaso de esa idea: algunas de las delegaciones se llevaron sus propios albañiles para atajar los desmanes en la construcción de la Villa Olímpica; y no pocos atletas de deportes de agua han mostrado sus recelos a la hora de meterse en la sopa de contaminación en la que, cuentan, van a disputarse las pruebas.

Quizás todo sea una operación mediática —es díficil saberlo— que tenga sus razones hundidas en la crisis política brasileña y en la escasez de voces culturales para contarla hacia afuera. Esta vez, sea cual sea la explicación, no ha sido bastante con otorgarle a un país tan prometedor como caótico unos Juegos Olímpicos para que brillase en todo su esplendor. Más bien al contrario: todo apunta a que, cuando en 2041 toque acordarse de estos Juegos, el relato sea más bien negativo. En el mejor de los casos, anecdótico.

El viernes, entrevistaban en la radio a un director de cine brasileño que estaba de promoción en España, y el locutor le preguntaba por escritores brasileños. «¿Por qué nos han llegado tan pocos?», decía él. «Bueno, está Paulo Coelho», respondía el director de cine. El locutor soltó una pequeña carcajada, sin saber a ciencia cierta si el director hablaba en serio o en broma. «Ya, ya.»

Precisamente, se supone que unos Juegos Olímpicos sirven para ofrecer del país una imagen más allá de la violencia, los mosquitos asesinos, las favelas y el guirigay político. No ha sido posible: en parte, porque el Deporte parece haber sustituido sus esencias por el mercantilismo extremo; pero en parte, también, porque faltan narradores y periodistas y poetas y contadores que pongan sobre la mesa las miserias, que ensalcen las virtudes y que ayuden a arrojar luz sobre todas estas oscuridades: aquí, falta el mismo acto de contrición del ciclismo, que cuenta desde hace dos años con dos crudísimas y sanadoras películas sobre Lance Armstrong. Que costaron sangre, sudor y lágrimas y casi veinte años de maceración pero que, seguramente, hayan salvado el Tour de su autodestrucción.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


agosto 2016
MTWTFSS
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031