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Alejandro Carantoña

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Hammett y un vermú

Aunque solo queden tres días para septiembre, sí queda tiempo para cumplir con algunos rituales veraniegos, si es que no se ha hecho ya: por ejemplo, volver a leer a Dashiell Hammett, volver, siempre, sobre El halcón maltés o sobre El agente de la continental en pequeñas y deliciosas dosis. No es muy recomendable para la salud salir del verano sin una buena lectura así, negra, liviana y fresca.

Puede ocurrir, sin embargo, que llevados por el hambre de misterios y aventuras nos atrevamos con los misterios de nuevo cuño. Nacionales, incluso: si te gustó La isla mínima como a mí me entusiasmó, ¿por qué no seguir explorando la producción patria? Nuevos relatos, alabados personajes y aplaudidos largometrajes. Sea Magical girl, de Carlos Vermut, por ejemplo. Dejarse mecer por ella y esperar a ver qué sucede una tarde de tormenta eléctrica de agosto.

Sin perder la compostura ni demasiado espacio en la película, baste decir que probablemente hayan sido los 127 minutos peor desperdiciados de los últimos tiempos, en una cosa aburrida, insulsa, vacía, llena de personajes sin fundamento y, lo que es peor, pretenciosa a más no poder. Pero es una opinión personal: tan personal, que tras entrar en un debate urgente sobre si la película de marras es buena o mala uno acaba viéndose obligado a consultar las críticas especializadas en busca de alguna explicación al entusiasmo de sus interlocutores.

La primera crítica, en un medio digital, trae una frase marcada en negritas, como si su autor estuviese especialmente orgulloso de ella, que reza: «Vermut planea sobre el horror cotidiano sublimando el patetismo afín a todo ser humano de forma tan certera que parece un cruce eléctrico entre Daniel Clowes y Charles Burns.» Más o menos igual que estaba, me arrastro hasta la siguiente, publicada en un diario de tirada nacional: «Con una mirada aséptica, de frialdad casi kubrickiana, Vermut dispone un laberinto, sin centro, en cuyo interior podemos observar la vulnerabilidad y la caída de sus personajes.» Definitivamente, empieza a parecer que muchas cosas se han escapado durante el visionado, por otra parte atento y meticuloso: probablemente, las sutiles referencias a Kubrick, a Kafka, a Fernán Gómez, a esos dos ilustradores antes citados y a la cultura oriental, a los juegos de referencia interiores y a todas esas cosas que los críticos han visto pero que a uno, quizás en trance por culpa del calor de agosto, se le han escapado sin remedio.

Perdidos en ese laberinto sin centro en cuyo interior observamos la vulnerabilidad de sus personajes, y todo mientras planeamos sobre el horror cotidiano sublimando nosequé, volvemos a Hammett. Sam Spade, que inevitablemente tiene cara de Bogart, acaba de recibir un guantazo, ha seducido a una mujer en apuros y se dispone a seguir atiborrándose de cócteles prefabricados, cigarrillos, y café que nunca está rico.

Aquí, en esta acción prosaica, seca y casi banal, hay algo que impide que el libro se caiga de las manos y que las películas de siempre (tampoco es mal plan recuperar a Hitchcock estos días) caduquen, por muchas décadas que hayan pasado. No hay mucho más aparataje crítico detrás que el formulado por el propio Spade minutos antes de llevarse a la muchacha al catre para poder registrar su apartamento a gusto, cuando habla de «arrojar una barra de hierro en medio de la maquinaria». Todo lo demás son golpes, enredos y gente siguiendo a otra gente. Sencillo en su encarnación, pero insuperable. Y todo, incluso, sin laberintos sin centro.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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