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Alejandro Carantoña

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Leña al youtuber

En febrero de este año, al ya famoso usuario de Youtube ElRubius le hicieron un no menos famoso perfil en un diario nacional. Enviaron a realizar la operación a un redactor destacado que no usa las redes sociales, como explicaba en el propio texto. El resultado estaba esencialmente centrado en las percepciones personales del redactor, lo cual provocó un cabreo monumental por parte del autor de los vídeos en cuestión y, como derivada, acusaciones (reiteradas) de conspiración por parte de los medios de comunicación contra él y contra el resto de autores de estos vídeos, que atesoran millones de espectadores —muchos de ellos, dicen, jóvenes que ya no ven la televisión: es el nuevo nicho audiovisual—.

Luego llegó una madre de Tenerife y declaró que el espectáculo en directo de otro youtuber era una apología de la pederastia, con otro circo monumental. El último escándalo, en los estertores de este verano, ha sido un clamor (?) de varias empresas madereras, que acusan a dos youtubers (uno de ellos, el de Tenerife, etcétera) de azuzar unas bromas telefónicas que los tienen colapsados, debido a la proliferación de imitadores.

En la televisión pública andaluza se cubrió la noticia dando por buena la versión de algunos empresarios: que se ha promovido una campaña de acoso y derribo contra ellos, como si los adolescentes de este país fueran un lobby antimaderero de primer orden. Los youtubers, por su lado, se han defendido diciendo que en su broma original no revelaban la identidad de los empresarios; que les habían pedido permiso para publicar las bromas; y que no es su culpa que el mundo esté lleno de gente ociosa. Y, por supuesto, añaden que hay un complot de los medios de comunicación.

La teoría de la conspiración cunde sin parar entre estos nuevos ídolos digitales y entre sus seguidores, que han empezado a sustituir los medios de información convencionales que en teoría van a por ellos por otros supuestamente independientes, democráticos y horizontales (o sea, redes sociales).

Probablemente la explicación sea menos retorcida y bastante más simple: que las dos facciones viven en una confusión de dimensiones bíblicas. Aún este viernes, a la hora de la cena, al menos una televisión nacional aprovechaba que ha pasado un año de la foto del niño muerto en una playa mediterránea para repetir las imágenes hasta en cinco ocasiones y desde todos los ángulos. Podrán excusarse en que así se sensibiliza sobre el problema; pero no podrán ocultar que, a a la vez, la justificación deontológica les ayuda a trabar piezas sensacionalistas, impactantes y brutales.

Así, que ciertos programas sigan copando las parrillas y que las noticias televisadas se alimenten, bajo el epígrafe de «curiosidades», de vídeos absurdos en una calidad infame podrían ser la respuesta, en lugar de pensar que los nuevos líderes de opinión son unos terroristas catódicos. Sin embargo, el común de los informadores encuentra más cómodo hacer leña del árbol caído, y cubrir una historia que no se sostiene (que estos youtubers tienen algo contra la industria maderera) como si estos chavales fueran un demonio de cola puntiaguda. Resulta que lo más conveniente para los unos es afirmar que existe un complot informativo contra ellos y, para los otros, que ElRubius, Wismichu y demás fauna están fundando la primera gran secta del siglo XXI. Profundizar en lo uno, o en lo otro, no es una opción, al menos de momento. Y sigue la barrena.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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