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Alejandro Carantoña

En funciones

Todo nos parece bien

Hace tan solo unos días, cuatro osados abrieron un nuevo teatro en Madrid. No se llama como una marca de helados, ni de seguros, ni de teléfonos móviles: se llama Kamikaze. Detrás tienen el sustento de sus respectivos públicos (Miguel del Arco, uno de los fundadores, es un influyente director de teatro y, desde junio, de zarzuela: se presentó con concurrencia inusitada en Oviedo su ¡Cómo está Madriz!). Su motivación, cuentan, es más cultural que comercial. O, al menos, equilibrada.

La alegría con que esta iniciativa ha sido recibida por la prensa especializada contrasta, y bastante, con otras aventuras de corte joseluismorenesco: esto es, teatro privado sin más, tratado con la condescendencia que se le confiere al entretenimiento. La diferencia entre lo uno y lo otro, entonces, parece estribar en las intenciones: el Teatro Pavón Kamikaze ha sido planteado casi como un acto de resistencia, como un «teatro privado con vocación de teatro público», como lo definía el actor Israel Elejalde.

Este tipo de iniciativas, fuera de la esfera de lo público y de la tan cacareada subvención, han proliferado como setas en estos años de crisis y en Madrid sobre todo, desde el boom de las salas de microteatro hace poco más de un lustro. Últimamente, con el paulatino retorno de las grandes salas (ha reabierto el Teatro de la Comedia, a pocos metros del Español), han cerrado muchas de ellas.

Algunas lo han hecho entre protestas y lamentos por las trabas burocráticas al proyecto; otras, como La casa de la portera, lo han hecho en un silencio mucho más discreto: han reconocido que el modelo no era sostenible por más tiempo. Sin embargo —y esto también ha ocurrido con innumerables periódicos digitales, editoriales y salas de cine— un sector del público se ha llevado las manos a la cabeza por el rodillo que nos está dejando sin cultura, en lugar de apoyar, con dinero contante y sonante y una asistencia continuada, estos pequeños actos de rebelión.

Es como si todo nos pareciese bien, pero no estuviésemos dispuestos a mancharnos las manos, a meter el brazo hasta el codo en el esfuerzo que supone desplazarse hasta el teatro con este frío incipiente o rellenar las estanterías de lujosos y atrevidos libros. En el caso de este nuevo teatro, sus responsables cuentan que necesitan una asistencia media del 65% como mínimo, lo cual no es un exceso pero, desde luego, sí es un reto.

El aplauso, en cualquier caso, es unánime: ese público cómodo estampa su sello de aprobación en la oferta creciente; las administraciones o partidos políticos apuntan a todas las iniciativas como señal del irrefrenable vigor creativo que prospera en España a pesar de todo. Y, así, todo nos parece bien, pero los datos, cierres y estados de excepción evidentes apuntan en sentido opuesto: muestran un panorama de fragilidad en el mejor de los casos, y de precariedad manifiesta en el peor (que es la mayoría).

Estos nuevos atrevimientos merecen el aplauso al valor (a las intenciones), pero también un escrutinio serio y riguroso por parte de público, especialistas y profesionales. Esa es la única manera de saltar por encima de la odiosa frase «para ser española, no está tan mal» y de que teatros y kamikazes sirvan no solo para rellenar las aburridas tardes de fin de semana, sino para impulsar un modelo de creación y consumo nuevo, rompedor, estable, sólido, resistente a la adversidad y a prueba de manoseos políticos. Todo nos parece bien: que haya más, pero sobre todo, que lo haya mejor.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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