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Alejandro Carantoña

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Vamos a contar mentiras

El pasado lunes, Peter Beinart certificó en The Atlantic la muerte del periodismo declarativo en Estados Unidos: el prestigioso New York Times ha abierto, por primera vez, su cobertura sobre Donald Trump con un artículo de análisis en lugar de con una pieza informativa. El titular del Times era demoledor: «Trump abandona su mentira, pero no se disculpa», contaba en referencia a la afirmación del candidato republicano a la no ciudadanía estadounidense de Barack Obama. El uso del término «mentira» va muchos pasos más allá, señala Beinart, de la tradicional cautela del periódico entre periódicos. Y lo aplaudía: jugando en el terreno de Trump, que exige el despido de informadores sistemáticamente, había que pasar a la acción y abandonar las medianías.

Al cabo de pocas horas, eran varios los periodistas españoles que compartían la pieza de Beinart celebrando, al tiempo, que la biblia de la información escrita hubiese dado barra libre al «análisis». De ahí, se rueda plácidamente hasta la opinión y, con tan solo un pequeño salto más, se abre la veda de orillar la ecuanimidad en pos de una «línea editorial definida», como se presentan cada vez más medios españoles.

En este mismo sentido, el New Yorker publicó el pasado lunes una extensa pieza firmada por Jill Lepore sobre la salud de los debates presidenciales en aquel país, ante el primer cara a cara entre Clinton y Trump que tendrá lugar mañana. El artículo contiene algunos datos que probablemente puedan replicarse aquí: «Uno de cada tres estadounidenses evita hablar de política si no es en privado; menos de uno de cada cuatro conversa con alguien de quien difiere políticamente; menos de uno de cada cinco ha participado en una reunión de solución de conflictos, siquiera en línea, con personas con puntos de vista diferentes. ¿Qué clase de democracia es esa?»

En España, que somos muy dados a entender lo que nos apetece, un gran sector de la opinión pública y de los medios de comunicación ha preferido quedarse con la parte de que la opinión es libre que con la preocupación, sincera y creciente, de que el ruido está suplantando a las buenas maneras. En el mismo artículo, Lepore advierte cómo las redes sociales se parecen cada vez menos a la vida real y cómo la vida real se parece cada vez más a las redes sociales, haciendo crecer hasta el espanto a un personaje como Trump, perfecto rey de la barrabasada.

Un ligero retorcimiento adicional nos ha conducido, a nosotros, a la situación de bloqueo político en la que nos encontramos. Y este varamiento de las cosas incluye, por supuesto y ante todo, el atasco de los discursos, que van creciendo en intensidad y ruido y tapan los problemas esenciales. Nadie da su brazo a torcer; en cambio, anega de culpa y escándalos al adversario en la medida de lo posible. Tanto ha sido así últimamente que no pocos analistas se han mostrado sorprendidos por lo limpio (léase aburrido) de las campañas gallega y vasca, casi como si perdiesen el gracejo por la ausencia de peleas, demandas o insultos velados.

En cambio, una buena dosis de aforamientos a la valenciana y de procesos andaluces sirven de recambio, aderezados con una pizca de cursos universitarios y radios podemitas. Con eso, podemos tirar una semana más, con la esperanza de que llegue mañana y, cerradas las urnas autonómicas, podamos volver a pegarnos gritos a gusto en el ruedo nacional. Si todo sigue así, tenemos bronca disfrazada de cordial intercambio de impresiones al menos hasta Navidad. Barra libre para contar mentiras.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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