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Alejandro Carantoña

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Buero y un colegio

Esta semana hizo cien años que nació Antonio Buero Vallejo. La cosa no parece haber causado gran conmoción, salvo por algunos entusiastas actos organizados aquí y allá y la en extremo interesante recuperación de su discurso de ingreso en la Real Academia, publicado en su página web con pompa y boato. Hasta aquí, los fastos.

Quizás esta falta de atención institucional se deba al desconocimiento del personaje y su obra, eficazmente promovido desde los propios currículos escolares: siendo, como es, obligatorio estudiarlo, todos los esbozos biográficos que existen del autor en Internet están orientados a aprobar el examen de turno, pero no se acercan ni de lejos al tamaño de su obra y a la necesidad, acuciante, de volver a ella cada poco tiempo.

Puede que su costumbrismo esté superado, y que hoy en día el teatro quiera más sangre, pero hace más falta que nunca leerlo y representarlo desde la base, desde los principios más elementales del teatro. En los libros de texto se suele circunscribir la obra a un par de fechas y listados de datos («reproduce el habla popular», «sorteó la censura», en fin) y, sin embargo, cuando se lo toma en serio remueve conciencias.

Hace años, en el colegio Clarín de Gijón, a alguien se le ocurrió que hiciésemos una función de Historia de una escalera, precisamente. Un fulgurante reparto de niños y niñas de no más de once años interpretábamos todos los papeles (algunos, doblábamos: a servidor le tocaron Urbano y Fernando), y una voluntariosa parte del profesorado adaptó el texto y construyó una escenografía con placas de porexpán, cinta carrocera y tiras de papel que hacían las veces de puertas. La versión apenas debía de durar media hora, pero fue un reto enorme y gratificante.

Ya se había hecho alguna aproximación teatral, pero aquel era el primer texto «serio» y «adulto» a cuyo estreno fueron invitados, incluso, «los mayores», que como mucho tendrían trece años. Gustó mucho: se hicieron dos funciones y ¡vino TeleGijón!

Aquel despliegue marcó a todos los implicados, probablemente porque era la primera vez en nuestra vida que los niños no nos sentíamos tratados como tales, sino que se daba un esfuerzo por que entendiésemos que en el entorno inmediato existían las mismas cosas de las que Buero Vallejo hablaba en su texto. Fue una revelación, nunca suficientemente agradecida al profesorado que echándole cuajo y horas montó aquel acontecimiento.

Lo más probable es que aquella actividad surgiese más de la iniciativa del claustro que de algún planteamiento académico reglado, porque en cuanto salimos de allí, el teatro saltó por la ventana. Eran los mismos tiempos en que abundaban visitas a la desaparecida sala Quiquilimón, y en que la toma de contacto con las artes escénicas estaba revestida de la inteligencia, de la seducción de proponer lo más cercano e inmediato primero y los grandes clásicos, insondables en sus ediciones ajadas, después.

La semana pasada, la viuda de Buero declaraba en una entrevista a ABC que era incapaz de encontrar financiación para poner en pie sus obras. Por mucho que otros hayan afirmado que el autor está salvado del olvido, lo más probable es que poco a poco se vaya sumiendo en él, para siempre. Y que la culpa no sea de nadie más que de la blandura, institucionalizada y fofa, de una administración de las artes que lo va consintiendo: que su superviviencia dependa de la buena voluntad de unos pocos, a los que siempre estaremos agradecidos, no es ni justo ni sano.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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