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Alejandro Carantoña

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A bofetadas

Este jueves, Donald Trump contestó a la pregunta que le había lanzado Hillary Clinton en el debate presidencial de la víspera: ¿Aceptaría el candidato republicano los resultados de las próximas elecciones en Estados Unidos? Por supuesto, dijo. «Solo si gano», apostilló. Estruendo de aplausos y algarabía. Qué valiente: qué gracioso.

Hasta hace poco, los Estados Unidos y su ciudadanía habían sido modelo de formas en el debate y en la contestación, incluso en la protesta. Teníamos a la democracia «más avanzada del mundo» también por la más madura en este sentido, pero resultó que ellos se equivocaban en su percepción sobre sí mismos y nosotros, también.

Nos equivocamos con ellos, y últimamente parece que también nos equivocamos con respecto a nuestra propia madurez. Y empezaremos a encontrar ejemplos no en las calles, en las puertas de un aula magna de una Universidad o siquiera en la sede central del ex principal partido de la oposición, sino en la mismísima Real Academia Española de la Lengua.

Cualquiera que tenga ojos y oídos habrá notado que Francisco Rico, eminente cervantista y académico, atacó a Arturo Pérez-Reverte, eminente novelista y polemista y académico a su vez, por un artículo de este último sobre el resobado uso del masculino y el femenino en interminables frases. Muy políticamente correctas, pero interminables. Por alguna razón, Rico se dio por aludido, y entró al trapo en un artículo de respuesta. Ya que estábamos, Pérez-Reverte respondió aludiendo a los turbios manejos de Rico con sus quijotes. Este se limitió a decir que no iba a bajar al barro.

Y hasta aquí la comidilla, al menos en el mundo de las letras, de la última semana —con algún pescozón a Dolores Redondo intercalado por haber tenido la desfachatez de que le diesen el Premio Planeta—. ¡Y no hace ni una semana que creíamos finiquitada la guerra con la memoria de Bolaño, con la identidad de Elena Ferrante, con Adelaida García Morales!

Pero no había terminado la contienda, no, precisamente porque se ha establecido la costumbre de hacer del peloteo aburrido el combate del siglo y de la astracanada, espectáculo: por «peloteo aburrido» léase la discusión, más filológica que faltona, de los dos académicos (elevada sin embargo a duelo al amanecer); y, por «astracanada», las mismas palabras de Trump, del que no hay que perder de vista que será anécdota antes de Navidad.

En mitad de este clima, que algunos consideran sano pero que a quien más memoria tiene le suena a tiempos (bastante) más oscuros, prolifera con demasiada alegría el grito y el insulto y la descalificación y la insinuación atrevida y la provocación torticera, rallano todo en la división irreconciliable antes que en la protesta fructífera y sana, en el intercambio genuinamente pacífico de pareceres.

Se ha instalado, por algún motivo muy difícil de entender, la idea de que la razón es el nuevo grial, y que con ella por delante se pueden obviar todos los filtros de convivencia que con tanto esfuerzo nos habíamos impuesto. El resultado son pequeños picos de tensión que no hacen sino contribuir al ruido, a enrocarse en una posición y a buscar el aplauso de quien piensa como nosotros, antes que el contraste de ideas con el de enfrente. La serenidad ha muerto; la templanza está de vacaciones; y Bob Dylan, quizás el más listo de todos, sigue sin ponerse al teléfono.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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