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Alejandro Carantoña

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Otro premio insólito

El titular de hoy es que Bob Dylan ha aceptado su Nobel de Literatura: vamos camino del serial. Hoy, hace diecisiete días que le fue otorgado y 48 horas desde que la Academia Sueca dijo que había dicho que se había quedado sin palabras.

Vamos camino del serial porque esta semana, otra vez, está protagonizada por un premio insólito: si el de Dylan ha sido inédito en el historial de nobeles de Literatura, el del ampliamente desconocido Paul Beatty lo ha sido en el prestigioso Man Booker. Este galardón, que fundó hace 48 años una editorial británica y que es el más codiciado en el Reino Unido, ha sido concedido por primera vez a un escritor estadounidense, apenas tres años después de que las bases fueran cambiadas para incluir a todo el ámbito de las letras anglófonas y no solo a la Commonwealth y a algunas colonias británicas.

Pero es que encima —aquí viene lo más sorprendente— Paul Beatty tiene más de cincuenta años, menos de seis libros publicados (ninguno en español) y de su biografía en Wikipedia —a todas luces obra de su agente o editorial— lo que más refulge es un artículo que escribió en el New York Times hace casi dos décadas. Por todo ello, o quizás precisamente por eso, fue rechazado por dieciocho editoriales hasta recalar en un pequeño sello independiente que le ha granjeado la entrada al olimpo de las letras. Además con una novela, al parecer, «difícil de digerir», según sus propias palabras, en la que su protagonista compra esclavos en el siglo XXI.

Completemos el asombro: la no menos desconocida editorial en cuestión, Oneworld, es tan humilde que ha tenido serios problemas para satisfacer la demanda de ejemplares premiados… por segundo año consecutivo. Según contaba el Guardian ya en julio, cuando se anunció la lista de novelas finalistas, las pequeñas editoriales estaban completamente desbordadas por un repentino salto a la palestra propiciado por el Booker y hasta entonces reservado, en general, a las grandes firmas.

De todos los nombres que integraron aquella lista, al igual que la inmensa mayoría de los que han ganado el premio hasta ahora, casi todos son desconocidos para el público hispanohablante. Y para el anglosajón también: nadie se explica esta repentina huida hacia lo pequeño, lo recoleto, lo independiente, si no es por voluntad de abrir públicos y diferenciarse o de arrearles un pescozón a las grandes y conservadoras editoriales.

Cualquiera de las dos explicaciones es tan misteriosa como que la Academia Sueca se decidiese por Bob Dylan: como ya se han encargado de repetir hasta la náusea todos los opinadores habidos y por haber, no tenían ninguna necesidad de concederle un Nobel de Literatura. Y precisamente por eso, añadimos unos cuantos, es por lo que conviene ser cautos ante el fallo y respetarlo.

Que el Man Booker Prize haya elegido, en fechas recientes, renunciar a las mieles de la consolidación y a marcarse como prestigioso refrendo de los éxitos de ventas también supone un manotazo en la mesa, un cambio de paradigma. Supone que en estos tiempos que corren poco importan ya los escaparates inflados o los despliegues de prensa promovidos por una buena agencia, sino un trabajo bien hecho, resistente a los años, que brilla con luz propia y atrae a lectores despojados de prejuicios.

Por todas partes salen autores y directores que afirman haber recibido respuestas positivas acompañadas de un elegante «pero no es vendible», hasta que un premio de renombre mundial los lanza a la estratosfera. Entonces, sí, venden por palés. ¿Por qué será?

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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