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Alejandro Carantoña

En funciones

Leer por deber

Si alguien nos hubiera dicho, en aquellos tiempos de cartabón y mochila, que los deberes llegarían a asunto de Estado no lo hubiéramos creído. Tampoco que esa misma gente encorbatada que aparecía en televisión entre anuncio y anuncio decidía lo que nos contaban frente al pupitre, pero resulta que así era.

Este fin de semana se está celebrando —el verbo no es casual— la primera huelga de deberes en España. Durará todos los fines de semana de noviembre. Una confederación de asociaciones de padres, al parecer numerosa y poderosa, estima que es el último recurso para lograr que el ministerio del ramo estudie regular al respecto. Según se ha dicho esta semana, hay niños de seis años que ya se llevan tarea para el fin de semana.

Como alternativa a esta pronta toma de contacto de nuestra gente menuda con la vida de autónomo o artista liberal (¡o futbolista!) por la tarde —alternada con la vida de oficinista por las mañanas—, los convocantes proponen llevar a los niños a un museo, comentar un asunto de actualidad o incluso, es un suponer, leer un libro.

Lo más interesante es que el asunto se ha revelado como libérrimo de ideologías y cargado, en cambio, de recuerdos personales. Lo que este profesor encomendaba a uno y lo que aquella maestra le descubrió al otro han ocupado la arena de debate: sobre esto, todos tenemos opinión y experiencia. Pero también la certeza de que, entre el monumento al destajo que fueron los años escolares —ay, si cotizaran…— se leyó o poco y mal o demasiado y peor.

También se escuchó poca música, se visitaron pocos museos y se vio insuficiente teatro: no dejan de ser actividades extraescolares. Es decir, lo que se hace en los huecos sobrantes entre importantes fórmulas matemáticas e insoslayables listados de fechas, llamados a formar a los abogados, cirujanos o ingenieros del mañana. Un horror.

En aquellos años, las mañanas eran tiempo tasado. Solo una visita al centro de salud, una salida a una fábrica de rosquillas o alguna excepcional circunstancia permitían contemplar ese hormigueo temprano de la ciudad, de las furgonetas de reparto y de la gente haciendo cosas que ocupaban las aceras, oficinas, cafeterías, almacenes y fábricas de lado a lado. Aquello en lo que nuestros mayores empleaban su tiempo, un tiempo misterioso e impenetrable en el que había que estar haciendo cosas de provecho.

Entre tanto, llovían puntuales dosis de disciplina y conocimiento olvidado a la misma velocidad a la que era memorizado, preludio de otro año igual y más intenso, y de otro igual y más intenso, y así hasta desembocar en el remoto mundo de la formación superior. Todo era, y al parecer sigue siendo, así de gris: ¿cuál era el sentido de dedicar treinta o cuarenta horas a aprender cada semana? Saber, estar preparados.

Pero ¿para qué? Seguramente, y en teoría, para aquello que ocurriría cuando la vida fuese un fin de semana sin fin por voluntad o fuerza, o cuando ya no hubiese ningún horario y repertorio de obligaciones que cumplir. Cuando hubiese que elegir un oficio, profesión o carrera y lograrlo sin que alguien lo calificase. Es decir, cuando nos tocase empezar a crecer y no a ganar un concurso.

Exactamente en ese punto, en el que la incertidumbre que les producirá a estos niños salir al mundo sustituya a la certeza de que el lunes hay cole, no estará de más que alguien les haya enseñado a rellenar sus inquietudes sin la inestimable ayuda de un ministerio. Ese es, seguro, el futuro: que lean. Y que vayan al museo. Y que eso, claro, no sean deberes, sino un placer necesario.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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