En diciembre del año pasado, hace unas cincuenta columnas, escribí que estábamos a salvo de Trump; y que nuestros primos hermanos estadounidenses, también. Que me equivocaba lo descubrí y reconocí hace un mes, pero hasta esta madrugada no podía imaginar que me estaba equivocando tanto.
En estado de shock sigo, y en estado de shock seguiré, porque me niego a aceptar el tuiteo impenitente de los politólogos que nos han crecido esta mañana y porque no les otorgo ningún valor a los amplios «así ganó Trump las elecciones» o «por qué ganó Trump las elecciones» a toro pasado: es que esto, sencillamente, no tiene explicación. Es el silencio y la negrura más absoluta: un hortera, un mal tipo, un mentiroso, un matón, un ignorante de la peor ralea (o sea, voluntario, consciente y orgulloso) se acaba de subir a la grupa del mundo para conducirlo al abismo.
Los votantes estadounidenses son los únicos responsables del atolladero en que nos han metido, pero también son los primeros que van a sufrir las consecuencias. Por eso, no sobra algo más de silencio prudente y algo menos del insufrible paternalismo con el que los estamos tratando desde esta mañana. Ya cuando George Bush salió reelegido empezó a propagarse por España la imagen de cincuenta millones de rednecks subidos en tractores, con antorchas y capuchas del Ku-Kulx-Klan, como única explicación a lo inexplicable: que la muy informada y sabia sociedad estadounidense hubiese decidido someterse a cuatro años más de barbarie.
Nosotros deberíamos limitarnos a tomar nota: si hay algo evidente es que tras esta victoria no se esconde una decisión entusiasta, sino un «votémosle a ver qué pasa» que sí se está convirtiendo en universal y que da mucho miedo. Ese sentimiento —no es más que eso— es irracional, es peligroso y somete el rumbo de toda una civilización al primer advenedizo, cortoplacista y marchante de crecepelo al que le pongan un micrófono delante.
No hace ni una semana que Trump se pegó un espaldarazo a sí mismo aludiendo a los oscuros mecanismos del sistema, que se habían alineado para impedirle llegar a la presidencia y salvar a Estados Unidos: ya veo, ya, está clarísimo, el triunfo de la arrolladora máquina del establishment para frenar a este pobre libertario.
Pobres los que van a sufrir las consecuencias.
Pobre Estados Unidos.
No sé de quién es la culpa; no me importa. Solo espero que nos grabemos estos meses con fuego en la memoria para que, al menos, nunca nos permitamos algo similar.