Qué tiempos aquellos, no tan lejanos, en los que lo importante no era tener el presupuesto más escaso, sino el equipamiento más enorme. Ahora se estila más bajar en sede parlamentaria a la factura de la luz, como hizo anteayer el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, a cuenta del cierre de Laboral durante más de la mitad del año, días en mano. Ya habrá tiempo de poner el foco en estas cosas que tiene la intendencia (qué tiempos aquellos, tampoco tan lejanos, en que era una compañía eléctrica quien pagaba actividades en el centro…), e incluso de ponerla en todos los asuntos que han inquietado al resto de fuerzas políticas: en la comparecencia de Domínguez importaron la luz (a él y a los «amigos de la nave del misterio»), el número de visitantes (a Foro y Ciudadanos), los dineros (Izquierda Unida) o la imagen (PP), con la conclusión casi unánime y nada indisimulada de que estamos a punto de asistir a su cierre definitivo. Quizás, de hecho, lo más elocuente fuese que cada vez que intentaba abrir un libro o elaborar una cita sus señorías se lo impidieran: allí, ya lo sabíamos, no se iba a hablar de Cultura sino de derecho societario y laboral, y acaso de algún poltergeist.
En este sentido, Domínguez espantó algunos espíritus con sus palabras, pero desveló que no habrá celebración por los diez años del centro y nos explicó que la ristra de sentencias en contra de Laboral por el despido de personal han constituido un ahorro. En efecto, los doscientos cincuenta mil euros que habrá de abonar el centro en este concepto son treinta mil menos de lo que hubiese costado contratar a los profesionales despedidos de manera irregular. Y si, dado que sus puestos eran «superfluos» en muchos casos, según dijo, y ellos, unos petulantes por llamarse «coordinadores» (esto solo lo insinuó), las cuentas son claras y el ahorro, un hecho. De otra manera, es un desastre.
Añade dolor a este panorama, tan beligerante como improductivo, que justo ahora se cumplan los diez primeros años de vida del centro: ahora los festejamos soplando austeras velas, redimensionando cosas; entonces, hace nada más que un lustro, rebosaba por exceso o festejaba inconsciente. Hoy llenamos páginas con facturas y balances; hace cinco años, lo hacíamos con lo único que tiene que importar a un centro de arte y creación industrial: cómo ha ocurrido, y a esta velocidad, sí es todo un misterio.