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Alejandro Carantoña

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Libertad de tuiteo

La guarnición es una sentencia de la Audiencia Nacional contra una tuitera por bromear con el atentado que mató a Carrero Blanco; y el filete, el símbolo que ha nacido: una chica de 21 años a la que, según ha declarado estos días, le han «arruinado la vida» con este proceso. No ha rechazado ninguna petición de entrevistas, no ha escatimado en calificativos para con la sentencia y, así, ha contribuido involuntariamente a alimentar un rifirrafe ya desvirtuado, desnortado y enquistado. Ha completado el plato que unos y otros necesitaban para alimentar el griterío una semana más.

Una condena como esta es de lo peor que le podría haber ocurrido. Ahora bien, a partir del momento en que su nombre saltó a la palestra ha empezado el otro juicio, que casi es peor: en las últimas horas hemos podido leer análisis que van desde el «se lo merecía» hasta una oscurísima conspiración transfóbica en las altas esferas de la judicatura, cuando lo que ocurre es que la libertad de expresión y el Código Penal son asuntos tan complejos y llenos de matices que resulta complicado enfocar el debate e intercambiar opiniones con algún fundamento. (Huelga decir que prácticamente nadie se ha leído la sentencia.)

No obstante, se antoja muy difícil compartir que en España sea posible semejante dureza y semejante condena. A partir de ese punto, y con eso claro, solo cabe intentar que algo así no vuelva a suceder. Y de todos los caminos posibles para lograrlo —se entiende que ese es el objetivo de la tuitera condenada a partir de este momento—, posiblemente el peor de todos sea dejarse retratar con un líder político (sea quien sea: esta vez, el más rápido ha sido Pablo Iglesias) y alimentar la inquina: o bien se sabe muy bien en qué liga y con qué oponentes se está jugando, o bien aceptar el grado de exposición que le han propuesto a Cassandra Vera conduce únicamente a abundar en el daño causado.

El jueves, por ejemplo, a las pocas horas de ser condenada, Carlos Alsina la entrevistaba en la radio. Y, toda vez que había dejado clara su oposición a la sentencia, le preguntó a la tuitera si acostumbraba a desear la muerte de quien no pensaba como ella, al hilo de un supuesto tuit en el que deseaba que a Cristina Cifuentes le clavasen un piolet en la cabeza (dijo que no recordaba haberlo escrito, que seguramente era falso). Terminada la entrevista, Vera presentó en su Twitter la pregunta como afirmación y, por tanto, puso en boca del periodista una afirmación. Este le respondió por el mismo medio, pidiéndole que reconociera que le había hecho una pregunta y no una acusación, ante lo que ella volvió a arremeter con que estaba «fuera de lugar y basada en rumores».

Al cabo de pocas horas, la tuitera en cuestión dejó de negar tan categóricamente que nunca hubiese escrito aquel mensaje, y en su lugar se enzarzó en un duelo dialéctico con Cifuentes acusándola de transfóbica. El tuit sobre la entrevista de Alsina ha desaparecido.
Total, que ninguno de estos dos episodios restan un ápice de injusticia a lo que le ha ocurrido pero, visto y aclarado que el otro juicio se ha desatado ahora, es posible que esta forma de conducirse (a medio camino entre la mentira, el olvido y el desorden) no haga sino brindar argumentos a quienes ya la tienen en su punto de mira; obstaculice una movilización social unánime, firme y clara contra la sentencia y a favor de su indulto; y en último término no sirva sino para agravar la situación.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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