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Alejandro Carantoña

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Fuera del mundo

Tanta es la distancia con la que vemos a ETA en el retrovisor que en el último barómetro del CIS, publicado esta semana —la de la escenificación del desarme—, la banda terrorista ni siquiera aparece. Últimamente, en el capítulo de preguntas de respuesta espontánea sobre los mayores problemas de España, del primero al tercero, obtenía unas décimas. Ya, ni eso: el sucedáneo más próximo es el terrorismo internacional y los encuestados, entre los que lo han señalado como el primer, segundo o tercer problema más grave, suman apenas el 0,6% de inquietos.

Podemos dar a ETA por derrotada, relato de su defunción incluido, merced a la insistencia de quienes nunca dejaron de contestarla, a quienes nunca perdieron el valor de narrarla y, también, a cierta capacidad adquirida para sacar su discurso de nuestro mundo: para procurarles un destierro.

Mientras, la nueva amenaza a nuestra parcela de civilización —ese yihadismo retorcido y torvo— le asestaba a Europa un nuevo hachazo el viernes, en Estocolmo. De Norte a Sur y de Este a Oeste, entre la preocupación y la furia, se le busca un antídoto a esta nueva manera de ataque, insólita y desconocida en estas dimensiones y hechuras: han cambiado las normas de circulación en el espacio Schengen esta semana, se han multiplicado los recursos policiales y militares, pero sigue faltando el relato con el que aquí se le ha dado la puntilla al terrorismo: la capacidad de sacarlos del mundo, de desterrarlos.

Existe miedo, como vemos en la estrambótica campaña electoral francesa, a dar ese paso, a ejercer ese destierro: los tambores xenófobos que recorren el continente no son sino una concesión al discurso del enemigo, a ese que pretende imponernos. Y en su terreno nunca se puede ganar: hay una diferencia sustancial entre hablar de ellos y hablar en sus mismos términos.

Este es precisamente el motivo por el que la literatura, la música, el arte y el teatro que visten y conforman Europa son tan esenciales en este momento; porque, en el plano del discurso, somos invencibles. Si desplazamos todo eso, si nos lo quitamos de debajo de los pies, nos estamos arrebatando solos el mismo suelo que nos pretenden quitar: no habría que olvidar que ETA solo tuvo atisbos de victoria y solo pudo existir mientras que consiguió que reinase el ruido o acaso imponer su silencio.

Es tan evidente que este nuevo enemigo está intentando lo mismo que por ahí hay que empezar la defensa. Basta de competir por ver quién sufre más, quién tiene una opinión más contundente sobre qué pasa y por qué pasa, basta de tratados de barra de bar sobre lo que son las religiones y la historia de los pueblos: la respuesta a esta encrucijada está en ese libro que tanta pereza nos da leer, en esa película que no vamos a ver o en ese museo que no se nos ocurre pisar si no es para colgarlo en Instagram.

Volver a esos fundamentos, volver a esa idea nuclear y primera —y no tratar de componernos una personalidad por simple oposición a la barbarie— es lo más importante que podemos hacer. No hace falta mucho más que entender qué se está atacando, sin importar el quién o el dónde o el por qué, y tener claro que eso es sagrado, y protegerlo, y abrazarlo, y reivindicarlo.

Ese ataque tiene que ver fundamentalmente —ya lo vimos con Palmira— con las vértebras de un pueblo, que vienen a ser su cultura. Por eso no es ni frívolo ni irresponsable consumirla y celebrarla hoy: es, de hecho, lo más valioso y valiente que podemos hacer.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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