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Alejandro Carantoña

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Inédito y original

Mientras que las colas para ver el Guernica, de Picasso, inundaban el centro de Madrid para volver sobre lo infalible o conocer lo esencial, alguien encontraba otro inédito de algún autor fundamental, añadiendo otra tarea cultural a la lista. Cada semana se alternan los aniversarios, centenarios y efemérides para guardar, como la del famoso cuadro, con los hallazgos de supuestos prodigios hasta ahora desconocidos de nuestros primeras espadas: el último del que tenemos noticia, de este mismo jueves, un libro con treinta y seis poemas de Juan Ramón Jiménez que nunca habían visto la luz. Y así, semana sí y semana también: que si un velázquez por acá, que si un disco de los Beatles por allá…

Pura mercadotecnia, después de todo: apenas se han dado casos en que estas oportunas resurrecciones no hayan beneficiado a algún pariente ocioso y hayan dejado el sabor de la indiferencia en los espectadores, lectores o seguidores. Por lo general, si una obra había pasado a mejor vida o había sido olvidada había buenos motivos para ello.

Sin embargo, en todos los ámbitos de la cultura se hace cada vez más frecuente aferrarse a estos clavos ardiendo, a estos caballos de batalla: el fenómeno va desde esta necesidad por contar, recontar y volver a contar otra vez algún acontecimiento histórico sin aportar muchas novedades al respecto hasta la moda por resucitar series de televisión, cine, cómic o novela para arrastrar a sus seguidores originales y forjar nuevas generaciones detrás.

Es más, hace poco se publicitó que Pepe Carvalho, el esencial personaje del desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, va a volver a las librerías el próximo año, pero será merced a la pluma de otro autor. Ya ni siquiera habrá un esfuerzo por maquillar el engaño, sino que se prometerá una refundación de la saga, una continuación prescindible, un reconfortante asidero al pasado,  un ejercicio de estilo que a lo mejor interesa a alguien, pero por motivos que poco tienen que ver con lo genuino y necesario.

Hay quien achaca esta corriente a la falta de ideas del tiempo en el que vivimos, pero en realidad no se debe a nada que no se haya producido siempre: a explotar el miedo (lógico y natural) a lo desconocido, a escapar del riesgo comercial y también, por qué no decirlo, a que ya hayamos aupado a la categoría de «clásicos imprescindibles» tantas cosas que casi hay que dedicarse a ellas a tiempo completo.

Si mezclamos estos tres factores, resulta que antes de poder empezar a contemplar nuevos cuadros o descubrir nuevos autores debemos descubrir y aprehender todo lo de los «clásicos», lo cual ya conlleva un trabajo notable. Si, además, la gallina de los huevos de oro sigue poniendo con un goteo de inéditos o de resurrecciones, la tarea se multiplica: ahora hay que leerse otros treinta y seis textos de Juan Ramón antes de poder permitirse olvidar Platero y yo y pasar a algo más interesante.

No se nos ofrece alternativa ni escapatoria: mientras que grandes empresas sigan copando el panorama e Internet siga suponiendo un factor de competencia añadido para las artes, el riesgo seguirá disminuyendo y esta falta de frescura seguirá ganando terreno, hasta que el refrito se instituya y domine el mundo de una vez por todas.

Son tantos defendiendo y reivindicando tantas cosas, tan diversas, y al mismo tiempo, que se nos ha arrebatado el criterio y se ha proscrito quejarse, por ejemplo, del timo que suponen las vueltas de tuerca anuales a Michael Jackson, al fondo beatle o a tantos y tantos subproductos literarios, amén del estropicio de Star Wars.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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