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Alejandro Carantoña

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Variante tabacalera

Siguen saliendo camiones y camiones cargados, vaciando, excavando, preparando esa obra que nunca termina. Se remueve la maquinaria, cruje la piedra, se «actualizan» plazos y presupuestos y los contratiempos se suceden. Parece que esto nunca va acabar. ¿Hablamos de la Variante de Pajares o del edificio de Tabacalera en Gijón?

De cualquiera de las dos, después de que este jueves el ayuntamiento playo haya reconocido que las obras de consolidación del emblemático edificio no estarán terminadas para este mes de agosto, como se preveía, sino que tienen un nuevo horizonte en principios de 2018. Con el previsible mareo de perdiz en torno a su uso es posible que nos situemos en 2019 y, por tanto, en nuevo año electoral. Salvo que la actual corporación logre un acuerdo sobre el nuevo uso o relleno y lo deje atado —escenario improbable—, volverá a rodar la pelota, y así pasarán otros dos años que sitúen la ansiada apertura en 2021.

Es el mismo año en que estará listo el macrotúnel, siendo optimistas, según se nos contó también esta semana. La cosa está, sin embargo, en que la gran infraestructura y la recoleta fábrica de tabacos llevan sometidas a escrutinios, idas y venidas prácticamente la misma cantidad de tiempo, cuando salta a la vista que la complejidad de darle viabilidad a la primera es enorme y, en el caso de la segunda, puro trámite. Pero ahí seguimos, encallados, y viendo la grúa girar sobre una Cimavilla que languidece.
Probablemente esta sea la primera vez en décadas que el Ayuntamiento de Gijón se enfrenta al reto de erigir un equipamiento cultural en mitad de una crisis económica, y que encima Tabacalera constituya, en el ámbito asturiano, el primer reto de creación completo de los últimos diez años. Todo lo demás han sido actuaciones para tratar de mantener lo heredado de tiempos de bonanza con más o menos éxito (léase Laboral).

La respuesta al reto es una sucesión de dudas sin resolver; un peloteo en el que conviven la opción de la consulta ciudadana, cosmética y no demasiado rigurosa, y la voluntad, expresada por la alcaldesa el pasado jueves, de servirse de Tabacalera como contenedor del Festival de Cine, de un auditorio y de otras carencias de la ciudad. Pero si algo está claro, además de la falta de acuerdo, es que a día de hoy no hay prisa por concluir el equipamiento, visto que en el consistorio nadie acaba de tener clara la senda que debe tomarse.
Entre tanto, el tiempo corre, aunque no lo parezca. El balón de oxígeno que supondría un proyecto así es urgente para la ciudad y el barrio, toda vez que estuviese bien trabado, firmemente asentado en el sector cultural y convenientemente liderado por la administración. Ni siquiera es una cuestión de dinero o de política —los dos grandes males que aquejan al túnel de marras— sino de análisis, de diálogo y de entusiasmo. Lo primero se puede conseguir con profesionales; lo segundo, con calma; pero lo tercero solo puede salir de pulsar las teclas adecuadas y al alimón.

Es lo que más complicado se antoja en estos tiempos de supervivencia, de egoísmo, de falta de altura de miras: igual que una infraestructura como la variante tiene un principio y un fin, una entrada y una salida, conviene empezar a asumir que los lugares como Tabacalera solo pueden ser si son invadidos, tomados, disfrutados y exprimidos por las ciudades enteras. De otro modo, no serán: solo nos quedará, allá por 2030, otro cascarón medio ahogado para los anales del despropósito y la desproporción. Aunque, al menos, habrá un túnel por el que escapar.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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