Existe un camino rápido —el de hacer mucho ruido— y otro muy seguro —no hacer ninguno—. El primero pasa por que cada vez que haya ocasión, y siempre escudándose en el compromiso, la claridad de ideas o la conciencia artística, se den titulares potentes. Se genera polémica, se atrae atención, se arma ruido y se acaban vendiendo libros, discos, esculturas, cuadros o poemas por palés, independientemente de su calidad.
El otro extremo abunda en la música clásica, en la ópera, en el cine, y en general en cualquier forma de producción cultural que implique a muchos agentes, muy poderosos, y que exija movilizar recursos (y dinero). Es una odiosa forma de cortesía mal entendida, de ultracorrección, que desemboca en silencios clamorosos y en existencias apacibles: así, sin pisar callos, es como se recorre el camino más seguro hacia cierto tipo de éxito.
A Gustavo Dudamel, el director de orquesta venezolano al frente del programa musical para jóvenes de El Sistema —organización estatal—, que acaba de dirigir el concierto de Año Nuevo en Viena, le ha acabado estallando en las manos la situación en su país. No es que su postura haya variado especialmente: lo han hecho las circunstancias en Venezuela. Pero Dudamel, hasta este mismo jueves, se ha empeñado en mantenerse de perfil. Ha tenido que morir uno de sus músicos para que tomase postura.
Activistas y opositores al régimen chavista lo acusan de equidistante (en el sentido más peyorativo posible) y de haber guardado silencio no por garantizar el funcionamiento de El Sistema y, de algún modo, cambiar las cosas desde dentro, sino con el fin de ordeñar su posición privilegiada mientras que fuese posible. Él siempre se ha defendido con el argumento de que lo importante eran los chavales.
Sin embargo, la situación en Venezuela se ha vuelto tan insostenible que el pasado 25 de abril Dudamel emitió un comunicado en vídeo a través de las redes. Entonces, hacía «un llamado a los líderes políticos a encontrar las vías necesarias para encontrar una salida a esta crisis». Hubo quien lo interpretó como un atrevido toletazo a Nicolás Maduro; pero, en general, ha sido interpretado más bien como un medido recurso para salir del paso.
Esta semana, con la muerte de Armando Cañizares Carrillo, han cambiado muchas cosas. El jueves, Dudamel escribía: «Hago un llamado urgente al Presidente de la República y al gobierno nacional a que se rectifique y escuche la voz del pueblo venezolano. Los tiempos no pueden estar marcados por la sangre de nuestra gente.»
Es la primera vez que se significa de un modo tan contundente. Para algunos sigue sin ser bastante; para otros, la diferencia estriba en que ya no se trata de una opinión política, sino de una crisis humanitaria. Llegados a este punto, la realidad venezolana y la confusión mediática han desplazado los hechos: todo se ha convertido en una opinión. Dudamel, que ya no está de perfil, ya es un héroe para algunos y un traidor para otros.
Algunos (muy pocos) logran recorrer carreras enteras sin verse envueltos en una situación así. Para ellos, es un éxito sortear todos estos peligros, ahorrarse la incomodidad de ser odiados, criticados, aupados, condenados, aplaudidos, examinados o condecorados. No obstante, esto suele conllevar una dejación de funciones palmaria: la crítica (que no el insulto, el odio, la furia) va en el cargo. Bien lo sabe William Kentridge, el flamante Premio Princesa de las Artes y valiosa pieza en la configuración de una Sudáfrica respirable. Sirva de ejemplo él, sirva de ejemplo lo ocurrido: por incómodo que resulte, a veces estar de perfil no es una opción.