Hace poco más de dos meses celebrábamos la donación de Plácido Arango al Museo de Bellas Artes de Asturias: veintinueve obras maestras vaticinadas en diciembre, rubricadas con su firma y celebradas a principios de marzo (foto con los estamentos políticos incluida), y que ahora sabemos que aún tardarán en llegar unos meses. Cinco, por lo pronto.
Lo ha deslizado esta semana el director del Museo, Alfonso Palacio, que en la elegancia que viene exhibiendo desde su nombramiento ha logrado colocar el titular de que podremos verlas a partir de otoño, cuando no ha metido el dedo en la llaga de que no las estemos viendo desde hace semanas.
Palacio, concretamente, ha pintado con el positivo color de la expectativa el hecho de que la Secretaría General Técnica de la consejería del ramo vaya a tardar nueve o diez meses en trasladar las obras desde México hasta Asturias, esgrimiendo para justificar este retraso un procedimiento de concurrencia pública, un enrevesado papeleo administrativo y una complejidad técnica notable.
Probablemente, Plácido Arango ya no esté muy encima del asunto desde que dejó en un titular su alegría por la donación, pero quizás si así fuera se estaría preguntando por qué los cuadros que anunció que donaría al Principado en 2016 y que ratificó en la cesión un par de meses más tarde, de valor incalculable, no van a estar a disposición efectiva de los asturianos hasta que 2018 asome el hocico.
La respuesta oficial y oficiosa es clara: que hay una dificultad manifiesta en el proceso de hacer efectiva la donación. Pero al ciudadano de a pie le va a costar mucho comprender que tal dificultad sea tan insuperable como para tardar nueve lustrosos meses en movilizar una cantidad más bien discreta de papeles, firmas y tiempos, cuando a principios de marzo esta operación se vendía como un hecho consumado. A lo mejor es que el sistema no funciona bien, o a lo mejor se nos dice que su diseño no es óptimo.
En cualquiera de los dos casos, que un magnate se pare a las puertas, deposite un trozo significativo de sus bienes y la Administración no sepa recogerlo a tiempo (manejamos los mismos plazos con la suculenta donación de Amancio Ortega para la Consejería de Sanidad) solo denota una cuestión: ¿qué no estará ocurriendo con lo menos visible, con lo que vuela bajo el radar?
Es decir, que entre un chorro de dinero, de arte o de apoyo por la puerta es un acto que concita rápidamente las atenciones del consejero o del presidente (como fue el caso de Ortega), pero que, una vez sumido en el proceloso mar del procedimiento administrativo, queda enmarañado en una red de informes, burocracias y concursos. Todo revestido de un miedo cerval a las leyes de transparencia, todo con un ojo más puesto en la oposición política que en la consecución de lo que originalmente se pretendía: todo desprestigiado, aguado, diluido en un mar de políticas.
No obstante, la visión era simple. Un hombre llamado Plácido Arango, sospechoso de nada, acude a la región para entregarle un patrimonio que no solo es valioso, sino que por derecho ancestral o natural o atávico es suyo. Entonces, el Gobierno lo abraza, pero la Administración, llegado su turno, le muestra la palma de la mano enhiesta y le propone que antes tenga la paciencia de esperar a que resuelva sus batiburrillos internos. Espere. Vuelva usted mañana.
Por fortuna, ni Arango ni Ortega tienen intención de retractarse, y ambos poseen la generosidad suficiente como para sobreponer a estas minucias el bien superior, el objetivo que desean cumplir. Pero es bastante peligroso poner a prueba su voluntad o su determinación, tanto porque con ello se juguetea con la gasolina política que sería que retirasen sus ofertas como porque con ello se pierde la oportunidad de exhibir músculo, diligencia e interés por los asuntos que a todos nos afectan.