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Alejandro Carantoña

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El libro cerrado

Mientras que el Rey y la Reina paseaban por el Retiro, en la inauguración de la Feria del Libro de Madrid, un pequeño gran terremoto sacudía Oviedo: la librería Ojanguren va a cerrar en cuanto pase el verano.

Han corrido muchos literatos y librófagos ovetenses, y asturianos, a mostrar sus condolencias de las dos maneras más frecuentes en estos casos: explicando con emoción sincera todo lo que de allí se llevaron y, además, compitiendo de alguna manera por exhibir su cercanía, su familiaridad con la tienda.

La explicación es la de siempre: la crisis económica y la del libro, si es que existen ambas cosas. Es muy difícil digerir que semejantes amenazas, de patas tan cortas y garras tan romas, hayan podido vencer a más de un siglo de historia. Entonces ¿qué ha pasado? Probablemente que se ha perpetuado el ciclo natural de los negocios que van y los que vienen, los que abren, cierran, y son sustituidos, con la salvedad de que en el caso del libro la tendencia es a la desaparición. No llega sangre nueva, o al menos no la suficiente como para garantizar la salud del sector.

Que el Rey se diese aquel paseo es importante, claro está: pero ha de quedar claro que lo es para un eslabón de la cadena (editoriales, agentes, distribuidores, mercaderes) antes que para los auténticos motores del libro: los autores.

La multiplicación de etapas entre que alguien se sienta a teclear y un librero avezado recomienda la obra a un lector curioso, hasta que se cierra el círculo, es la auténtica losa que va a acabar con los libros tal y como los conocíamos.

Hoy en día, franquicias aparte, es una tarea heroica mantener abierta una librería con unos márgenes de beneficio irrisorios, con la necesidad de vender enormes cantidades en un mundo en el que pagar por la cultura está prácticamente mal visto.

En un encuentro con algunos amigos del ramo, esta misma semana, todos decían lo mismo: nadie escribe si no le gusta lo que hace, porque ni siquiera los pesos pesados levantan el vuelo en librerías. Las cifras de ventas se han desplomado y, con ellas, los ingresos que pueden sostener el riesgo. Como único parche, quedan las subvenciones o las becas, pero es bien sabido que ese remedio solo conlleva una cosa: la corrupción y venta del autor a intereses, como poco, espurios.

El cierre de Ojanguren significa el fin de un tiempo: ir el sábado por la mañana a por una novelita, dar una vuelta por El Fontán y rematar con un vermú y una lectura agradable. ¿En qué momento dejó de ser apetecible este plan?

Quizás cuando perdimos la noción del trabajo que requiere un buen libro, o incluso uno malo. Esta cultura de la gratuidad, teñida de presunta democratización cultural, no es más que un clavo más en el ataúd de nuestras cosas importantes. El enemigo está detrás de las líneas y se llama, por desgracia, Administración Pública.

Toda vez que se instala la idea, desde la más tierna infancia, de que acudir a un museo no cuesta nada o que los conciertos que van a anegar el verano gijonés —por ejemplo— son y deben ser gratis, empieza un proceso imparable y dañino. Consiste en el paulatino recelo a entregarle 20 o 30 euros a un librero, en la progresiva pérdida de conciencia patrimonial y, en último término, en que en cuanto empiecen a aparecer novedades editoriales gratuitas en la Red, saltemos sin complejos sobre ellas. No se lee menos, en absoluto: esa batalla está ganada. Ahora, hay que lograr que además se pague por ello: el Rey se llevó medio centenar de libros… y se los regalaron.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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