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Alejandro Carantoña

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En el desierto

Es muy difícil que sesenta y ocho novelas, todas ellas, sean indignas de ser publicadas. Pero así ha sido: esta semana, los organizadores del Certamen Internacional de Novela Histórica Ciudad de Úbeda han decidido declarar desierto el premio que iban a conceder, al no considerar ninguna de ellas merecedora del galardón.

Muy grave tiene que ser el caso para llegar a este extremo: pocas veces ha ocurrido algo así. Aunque el premio carece de dotación económica, conlleva la publicación y distribución de la novela ganadora bajo el marchamo de una editorial importante (Ediciones B), así como la consabida cesión y entrega por los siglos de los siglos del libro en cuestión. Con todo, las cinco ediciones que este año se cumplen son suficiente motivo para que cualquiera se lance a enviarla o, al menos, a intentar que la vocación soñada se sustancie en libro.

Durante muchos años, los premios han significado otra cosa. Concretamente, un modo de vida: un autor de los de segunda fila, curtido en el oficio y provecto churrero literario, tenía junto al material de escritura un listado de los certámenes financiados por cajas de ahorros y ayuntamientos ociosos, y a base de relatos remozados y poesías de corto alcance logró vivir en Madrid durante al menos dos décadas. (Muy bien, por otra parte.)

Todo eso se acabó, pero las secuelas no han desaparecido. Juan Marsé denunció en 2005 que el suculento Premio Planeta estaba dado de antemano; Caballero Bonald, que solo los pequeños carecen de apaños; y según publicó un periódico nacional en una filípica empresarial en febrero de este año, fuera de nuestro país a los galardones no se les da valor alguno. Superan el millar con creces.

La pátina de prestigio para el patrocinador y para el patrocinado es evidente, pero hace muchos años que ganar un premio literario no significa lo suficiente. Ya lo contó Vázquez Montalbán en aquella entrega de Carvalho en la que un crimen retenía a la crème de la crème en una entrega, hace más de veinte años: que, al final, solo los menos mediáticos, fallados por caras conocidas para el lector más próximo o interesado, tienen un valor seguro.

Le acaba de suceder a Miguel Barrero, que con su La tinta del calamar y el mito de Rambal ha ganado el premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra casi por sorpresa: competía con una historia también negra, también asturiana, pero firmada por Manuel Jabois (premiable a más no poder). Sin embargo, y tal y como subrayó el director del certamen Ángel de la Calle, muchos de los apoyos recibidos para aupar la historia de Rambal han venido de fuera de Gijón, de fuera de Asturias: es de suponer que de lectores entusiastas.

Así que aunque en España se lea poquísimo (más o menos el 35% de personas no lee jamás, y a mucha honra), lo mismo se lee cada ve mejor, y por tanto las maniobras publicitarias que tengan algo que ver con plantarle un enorme premio en la faja ya no sirvan de mucho.

Los últimos dos mayores éxitos editoriales de nuestro país, dicho está, han nacido y crecido a partir del boca a boca: Patria, de Fernando Aramburu, solo ha logrado el reconocimiento de los premios tiempo después de ser publicada; y el sugerente ensayo La España vacía, de Sergio del Molino, que se acerca a su décima edición, erige su base de lectores sobre un pertinaz goteo de recomendaciones.

Quizás el público, saturado en un desierto de publicaciones, busque cada vez más la guía. Ahora bien, ya sabemos que el premio por el premio no sirve. Hoy, tiene que ser merecido.

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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