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Alejandro Carantoña

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Ahora en serio

El terrorismo, como ese que lleva sacudiendo nuestro mundo desde el miércoles (porque no, no se ha acabado), tiene muchas cosas, pero no tiene una definición. En más de setenta años, la ONU no ha conseguido llegar a un consenso, de modo que muchos se han apropiado de él de una forma más o menos aprovechada y torticera. En España —y en Francia es prácticamente igual—, aquello que diferencia a los delitos de terrorismo de los demás es que quienes los cometan tengan como objetivo «subvertir el orden constitucional o perturbar gravemente la paz pública». Así que, ahora en serio, a pesar de lo ambigüo de la definición, el terrorismo no son las cláusulas abusivas de las hipotecas ni las leyes más restrictivas, como hemos leído en demasiadas ocasiones en los últimos dos años. Terrorismo es esto: es arrasar una redacción y sembrar el miedo, el caos y la perturbación en toda una comunidad. Terrorismo eran los GAL, y terrorismo era el de ETA. Terrorismo no es multar, condenar o incluso censurar tuits irresponsables, vídeos o portadas. Eso, por grave que sea, es otra cosa.

Ahora en serio, sin frivolidades de medio pelo: es posible e incluso necesario no estar a favor de las publicaciones de ‘Charlie Hebdo’, y decirlo alto y claro. Hoy más que nunca, hay muchos que no somos Charlie ni lo hemos sido nunca, que no compraremos ni leeremos tantas y tantas publicaciones, escritos supuestamente satíricos u opiniones que ni nos gustan ni nos suscitan la menor de las simpatías y que, a veces, nos parecen perfectamente prescindibles. Eso no justifica en ningún caso lo que ha ocurrido ni debería viciar —en ningún sentido— lo que viene ahora: casi ganaremos más demostrando una posición sana y crítica y contraria a Charlie Hebdo que suscribiéndonos. Porque lo que apoyamos no es ni lo que dice ni deja de decir, sino el hecho de que pueda hacerlo. Y poder decirlo nosotros también.

Alguien comentó con tino que la sola mención de la «provocación» que suponían las caricaturas de Mahoma es el equivalente teológico al «llevaba la falda demasiado corta». Nadie tiene derecho a arrebatar una vida ajena, en ninguna circunstancia y bajo ningún concepto. Ni siquiera aunque todo lo anterior fuera cierto; independientemente de la opinión que nos merezca Charlie: hay que sacar el contenido de sus portadas del debate.

El vídeo de ese ser que remata en el suelo a un agente bien merecería ser cortado —por respeto— pero, en cuanto a deontología periodística, bien merecería ser repetido en bucle y hasta la saciedad para dejar de trazar comparaciones ridículas: es el documento más elocuente de los últimos diez años (más o menos desde las grabaciones de las explosiones de Atocha) para dar su correcta dimensión a las cosas, para no malgastar conceptos peligrosísimos, para entender la irresponsabilidad que supone tanto coquetear con ciertos eslóganes («El miedo va a cambiar de bando») como imponer a los autores de estos penas de prisión que rivalizan con las de terroristas en prácticas.

Es decir, que sirve también y sobre todo para recordar que casi todas las batallitas periodísticas de corto alcance deberían palidecer ante lo ocurrido y sus posibles consecuencias, que repican como aquello que desgraciadamente ya conocemos pero con una escala, ahora, global, terrible y susceptible de despertar posturas más peligrosas si cabe.

Hay que aprender a disentir de nuevo, a discutir, a tomar perspectiva. A reírse, a callarse y a no hacerlo. A darnos cuenta que esta guerra —que ya lo es— es la nuestra. Y que no podemos perderla. Ni perdernos…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 11 de enero de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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